miércoles, 29 de enero de 2020

Hacia una revolución democrática



HACIA UNA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

Una crítica a la democracia liberal y su responsabilidad en la formación de una sociedad fragmentada



1.
      INTRODUCCIÓN

La historia de la filosofía se ha visto siempre frente a grandes relatos cuya veracidad es escasamente cuestionada. La pretensión de universalidad, ligada a un esencialismo representa esta perspectiva que ha desarrollado numerosas formas. En el siglo XX teníamos el positivismo, iniciado por Comte, y su pretensión de conocimiento exclusivo a través del método científico. Esta concepción dio lugar a las sociedades modernas de hoy. La filosofía a través de diversos autores, incluyendo algunos que indicaremos en este ensayo, se ha visto en la obligación de realizar una crítica a que esta razón instrumental tenga predominio frente a otras formas de acción o conocimiento. Los representantes de la escuela de Frankfurt, por ejemplo, han visto en la automatización de la acción social una tendencia instrumental que ha soslayado una parte muy importante de la interacción humana, incluso ha pretendido un dominio sobre la naturaleza a través de la ciencia. 


Los críticos de la modernidad han visto como realizar un análisis de la sociedad capitalista moderna desde una perspectiva Hegeliana con aportes de autores como Marx y Freud. Se ha detectado como en la sociedad contemporánea se muestra una clara crisis en el ámbito del reconocimiento social. La Teoría Crítica y su correspondiente análisis de la razón instrumental y la búsqueda de una racionalidad que pretende ser objetiva, da lugar a una suerte de contemplaciones sobre la democracia actual, incluso la democracia deliberativa propuesta por Habermas presenta ciertas problemáticas por esa misma pretensión de objetividad a partir de un consenso supuestamente racional.


Sin lugar a duda, debemos considerar el contexto en el que la democracia se desarrolla, también, debemos considerar las emociones en la praxis política, como explicaremos más adelante, con la ayuda de Chantall Mouffe y su intento por reivindicar el conflicto en el contexto democrático. No es posible volver a la tendendencia totalizadora de un sistema imposible de ser cambiado. Cuya pretendida funcionalidad excluye a diversos integrantes de la sociedad. Como veremos más adelante con el análisis de Honneth sobre el reconocimiento social.


En otras palabras, la pretensión de conocimiento absoluto propio de las ciencias tradicionales por medio de su método científico, ha probado ser relativo con respecto a un conocimiento social, cultural, puesto que los seres humanos no somos números o instrumentos medibles. Aquí podríamos recordar a Heidegger y su crítica a la racionalidad técnica o a Horkheimer y su crítica a la razón instrumental. Por lo que ahora debemos introducirnos a un análisis de la democracia liberal existente en la sociedad actual que también pretende ser la forma “correcta” de llevar la política actual.


“El juicio categórico es típico de la sociedad preburguesa: así son las cosas, el hombre no puede cambiar nada. (…) La teoría crítica declara: las cosas no tienen que ser necesariamente así, los hombres pueden transformar el ser, ahora están dadas las condiciones para ello.” (Horkheimer, 2000, p.62)


2.      CRÍTICA A LA DEMOCRACIA LIBERAL

En este apartado tocaremos la crítica a la democracia liberal representada por autores como John Rawls y Jurguen Habermas, basándonos en la obra de Chantall Mouffe, sobre todo en su libro El retorno de lo político (1999). También harems uso de un ensayo de Michael Sandel para la crítica hacia el planteamiento de Rawls en su libro “La justicia como equidad”.  

La crítica de Chantall Mouffe a la teoría liberal consiste en cómo se ha intentado evitar la relación intrínseca entre la política y el conflicto, más bien, se ha dado énfasis en el procedimentalismo y en la teoría de que es posible llegar a un cierto consenso, el consenso racional de John Rawls basado en principios racionales de carácter universal, o la democracia deliberativa de Habermas donde se considera posible elaborar procedimientos necesarios que permitirían un acuerdo racional que disuelva las diferencias, sin suponer ningún tipo de exclusión.

La preocupación de Mouffe por la pérdida de lo que ella denomina “dimensión de antagonismo”, donde el conflicto es ahora constantemente evitado, convirtiendo a la política en un conjunto de procedimientos deliberativos que han vuelto unilaterales las decisiones del Estado, atentando contra el sentido mismo de la democracia, pues la libre elección entre alternativas no elegidas no es un procedimiento en efecto libre. Se ha asumido la posibilidad de llegar a un consenso racional por medio de estos métodos deliberativos afirmando algo que es en realidad imposible dada la naturaleza humana y la naturaleza misma de lo político, que existen decisiones que puedan ser tomadas desde un punto de vista imparcial. La teoría liberal más que una teoría política es una teoría económica de competencia, donde se asume también criterios morales inamovibles en busca del consenso racional que tendría como consecuencia la exclusión de algunos considerados irracionales por no estar de acuerdo con estos principios liberales.


RAWLS


Podemos observar esta pretensión de imparcialidad universal en la obra de John Rawls, más específicamente en su texto La justicia como equidad: Una reformulación nos muestra su modo de concebir la justicia como imparcialidad a través de dos conceptos, el Velo de la Ignorancia y la Posición Original. Esta última es una condición fundamental para acceder a esta clase de justicia, esto se debe a la tesis de que una sociedad solo sería justa si su estructura se basa en principios elegidos de forma libre, entre personas libres e iguales, concepción que Rawls admite es meramente normativa. La justicia debe ser desprovista de intereses particulares, debe tener un carácter universal. Según el autor, las diferencias, los puntos de vista, los intereses personales, solo nos aleja de un acuerdo justo que permita llegar a los principios de justicia que sean parte de la estructura básicas de la sociedad, sirviendo como respuesta a la cuestión fundamental de la filosofía política, como dice Rawls, dentro de un régimen democrático y constitucional.


John Rawls intenta, por medio de conceptos teóricos y razonables, encontrar una forma de proceder dentro de la justicia política que promueva un régimen de libertad e igualdad. Para ello, nos muestra la posición original como un punto de vista necesario a desarrollar si se pretende llegar a decisiones realmente justas que impidan la obstrucción causada por intereses particulares, a través de lo que él denomina el Velo de Ignorancia, podríamos llegar a abstraernos de nuestras ventajas o desventajas para buscar soluciones que beneficien al colectivo. Es de esta forma, también, cómo podríamos llegar a acceder a estos principios de justicia fundamentales para la existencia de una sociedad democrática y liberal.

En el ensayo “La república procedimental y el Yo desvinculado” Sandel afirma que vivimos dentro de un sistema dominado por el liberalismo, cuyo exponente más elaborado, encuentra en Rawls y cuyos fundamentos filosóficos provienen de Kant. Este liberalismo intenta, a través de sus leyes, proporcionar una sociedad justa donde los ciudadanos puedan ser libres de buscar sus propios fines mientras no interfieran en el principio de libertad de los demás. Sandel afirma que este ideal se podría resumir en la tesis de que “lo correcto es previo a lo bueno” (2008, p. 214), donde los derechos y libertades individuales no pueden ser sacrificados en nombre del bien general, y que estos principios de justicia no deben presuponer una visión particular del bien o de la vida buena. Y la crítica de Sandel a esta visión liberal de la justicia inicia reconociendo su atractivo y poder filosófico, pero también considera que la tesis que le da prioridad a lo correcto sobre lo bueno no es una tesis sostenible, por lo que también reconoce en el ideal liberal su claro fracaso filosófico. Sin embargo, a pesar de este fracaso, como denomina Sandel, esta es la doctrina en la cual estamos sumergidos y en la cual vivimos, a pesar de su insostenibilidad, además “es la teoría que más se ha materializado en las prácticas y las instituciones centrales de nuestra vida pública” (2008, p. 215).


Sandel señala que existe una concepción determinada del ser humano y de su moralidad. Puesto que la concepción liberal no son meros principios reguladores de carácter universal, sino que también parten de una perspectiva particular del mundo y del ser humano. Por lo tanto, se asumiría como universal una posición particular, lo cual sería éticamente peligroso, aunque persuasivo. Sandel considera que esto se debe, en su raíz, a “la esperanza y el fracaso de un sujeto individual desvinculado” (2008, p. 215).


De este modo, el autor explica cómo el ideal liberal de Rawls, al no considerar al sujeto y las diferentes concepciones particulares, es decir, al no respetar la posibilidad de elección de los ciudadanos con relación a sus propias concepciones, se les está tratando como objetos y no como sujetos, viéndolos ya no como un fin en sí mismo, sino como un medio. Esta posición teórica parte de la idea del Velo de la Ignorancia, donde no tenemos conocimiento de nuestra propia posición en el mundo, social, económica, étnica, etc. Tampoco tendríamos conocimiento de nuestros intereses, metas o concepciones del bien. Tras este velo seríamos capaces de elegir principios de justicia adecuados, donde claro, según Rawls, no se basan en la presunción de ningún fin en particular. Pero justamente, nos dice Sandel, esta propuesta de la Posición Original presupone la imagen de un Yo-desvinculado. Es decir, de un sujeto anterior a sus circunstancias, independiente de sus objetivos o fines. Asumiendo entonces un distanciamiento entre los “valores que tengo y la persona que soy” (2008, p. 220). Además, esa distancia serviría, según Sandel, para descartar la posibilidad de aquellos fines que él denomina constitutivos. En este sentido, Sandel afirma que esta independencia del Yo tiene consecuencias en la clase de comunidad que podemos constituir, si comprometemos la propia identidad y los intereses particulares en nombre de un Yo-desvinculado, por ejemplo. Sin embargo, dice el autor, las personas deben estar vinculadas con sus circunstancias para poder darle a la justicia ese carácter primordial que requiere.



HABERMAS


En relación a la crítica Habermasiana realizada por Mouffe, volvemos a la interrogante de si debemos considerar la democracia como un sistema que busca, a través del orden político y la esfera deliberativa, el consenso; o, más bien, si la democracia debe ser entendida, como diría Mouffe, como una democracia agonista donde se valore a dimensión conflictiva propia de lo político. La perspectiva crítica está dirigida también a la defensa de la racionalidad y la validez universal de la teoría política liberal. Mouffe no considera democrático la universalización forzada del modelo occidental liberal, que ella considera apolítico. En este sentido, la autora afirma que el pensamiento político de inspiración liberal-democrático es incapaz de comprender la naturaleza misma de lo político.


“En esas actitudes, el pensamiento político de inspiración liberal democrática revela su impotencia para captar la naturaleza de lo político. (…) En la medida en que esté dominada por una perspectiva racionalista, individualista y universalista, la visión liberal es profundamente incapaz de aprehender el papel político y el papel constitutivo del Antagonismo” (Mouffe, 1999, p. 12)


De todas formas, la mayor parte de la crítica específica hacia Habermas está dirigida al planteamiento que supone a través de la comunicación lograr una base consensual. Para lo cual este realiza su Teoría de la Acción comunicativa. El supuesto que haría posible este consenso se encontraría en su formulación del Mundo de la Vida como horizonte común con pretensiones de validez universales. La Teoría de la acción comunicativa constituye en la interacción de dos sujetos capaces de comunicarse mediante símbolos (lenguaje) y acciones, la interacción sujeto a sujeto. Esta acción se sitúa en el mundo de la vida y en la interacción con los demás sujetos. Por lo que se encuentra en la región intersubjetiva, junto a los procesos comunicativos que permiten a los interlocutores llegar a un consenso determinado.


Al igual que Mouffe, discrepo que sea posible lograr un consenso en el ámbito de la política por lo anteriormente mencionado, gracias al pluralismo existente en el mundo moderno y la dimensión de antagonismo intrínseco a la naturaleza de lo político. La única forma de realizar tales pretensiones sería, por lo tanto, excluyendo a un grupo determinado de personas. Sin embargo, es importante destacar que si existe el reconocimiento de identidades colectivas la distinción entre ellos/nosotros no debería incluir necesariamente el aniquilamiento de una de las partes, se pueden reconocer entre sí para dejar de ser enemigos para transformarse en adversarios.  


“Esta tarea, contrariamente al paradigma de «democracia deliberativa» que, de Rawls a Habermas, se intenta imponernos como el único modo posible de abordar la naturaleza de la democracia moderna, no consiste en establecer las condiciones de un consenso «racional», sino en desactivar el antagonismo potencial que existe en las relaciones sociales. Se requiere crear instituciones que permitan transformar el antagonismo en agonismo” (Mouffe, 1999, p. 13)


Una clara muestra de los problemas existentes en el marco de la pluralidad del sistema democrático liberal, sería las diversas formas de protestas que se están viendo en las sociedades modernas de esta índole, donde se dan muestras claras de minorías (y en algunos casos, mayorías) descontentas, finalmente atreviéndose a hacerse escuchar, puesto que no han encontrado anteriormente espacios donde expresarse. Como las feministas o los grupos lgtbq+, estos se han visto excluidos del sistema político y de las decisiones públicas. O los grupos ambientalistas por ejemplo, han visto muy difícil la implementación por parte de los gobiernos de políticas ambientales sin importar la urgencia que esto supone, sin contar las grandes mayorías marginadas en países subdesarrollados que no reciben la atención necesaria con respecto a sus necesidades más básicas, no se les toma en cuenta incluso considerando que son los más afectados por la desigualdad propia de sistema económico. Esta falta de reconocimiento y tendencia a la marginación de ciertos sectores sociales sucede, claramente, porque va en contra de los intereses de las clases hegemónicas. En este sentido, la autora propone el fortalecimiento de las instituciones que permitan la creación de identidades colectivas que favorezcan el respeto al otro y al pluralismo en la sociedad. Donde todos tengan no solo voto, sino también voz. 


Asimismo, la autora nos relata la falta de oportunidades dentro de la democracia para el surgimiento de una identidad colectiva, esto se debería a que la democracia liberal no propiciaría espacio suficiente para la expresión de un pluralismo dentro del ámbito político. Por lo que se manifiestan conflictos étnicos, raciales y religiosos, ya que los ciudadanos buscarían otras formas de identificación, como las ya mencionadas. Negando entonces su oponente, volviéndolo enemigo y ya no adversario. “es urgente redefinir la identidad democrática y eso no puede hacerse sino a través del establecimiento de una nueva frontera política. Pero es precisamente eso lo que una perspectiva racionalista y universalista impide comprender” (Mouffe, 1999, p. 12).


Por lo tanto, podemos afirmar que el liberalismo es un discurso racionalista, individualista y universalista que, basado en un supuesto consenso racional, busca erradicar la dimensión de antagonismo. Sin embargo, como hemos visto, este consenso no es un consenso real, sino la hegemonía de un modelo político y económico unilateral, que busca apagar los conflictos existentes en la sociedad por ser incapaz de entender el pluralismo que los genera. La autora considera prioritario reconocer la dimensión de antagonismo para poder analizar los conflictos de una manera pertinente. Vivimos en un mundo pluralista, con diversos enfoques, no todos racionales. El conflicto es parte inamovible de la naturaleza de lo político, es necesario no ignorarlos porque al hacerlo se ignora a muchos, además, se oprime constantemente a cualquiera que contradiga estos principios dizques racionales.


La autora es consciente que estos límites del pensamiento político liberal solo pueden entenderse dentro de la crítica al esencialismo, pues esta clase de pensamiento "dependería de una ontología implícita que concibe el ser bajo la forma de presencia" (p. 14), esta forma de esencialismo, esta "metafísica de la presencia" reduce la dimensión antagónica a una simple diferencia, percibiendo esta dentro del nivel de la mera apariencia, además de restringir la posibilidad de los movimientos político-estratégicos que no son compatibles con este consenso racional y su supuesta "objetividad" social. En eso consiste el pensamiento liberal clásico, en esta forma de ver el antagonismo como una mera diferencia superficial o aparente.  


En este sentido, Mousse afirma que la única forma de entender la democracia en toda su amplitud sería reconociendo la naturaleza inevitable e intrínseca del antagonismo. Al contrario de lo que han sugerido autores liberales como Rawls y Habermas, donde la democracia deliberativa busca imponerse como el único modo de democracia moderna posible,


3.      RECONOCIMIENTO E INVISIBILIZACIÓN

Habermas, con su Teoría de la Acción comunicativa,  intentó desarrollar una teoría social que lograra no solo una crítica negativa de la sociedad, sino una fórmula para apaciguar la problemática por medio de la conversación. Pero para Honneth, Habermas buscaría fundar la pretensión normativa de una teoría crítica de la sociedad en lo que parece ser una ética procedimental del discurso. Ignorando de forma implícita aquellos potenciales de acción moral que han permanecido excluidos o “mudos”. Honneth en su libro “La Sociedad del Desprecio” (2011) busca analizar la sociedad capitalista contemporánea en la medida que reivindica el sujeto político excluido.


“Mi suposición es que la teoría social de Habermas está constituida de manera tal que tiene que ignorar sistemáticamente todas las formas de crítica social existentes que no sean reconocidas por el espacio público político-hegemónico”. (Honneth, 2011, 57)


Honneth también afirma cómo esos sistemas normativos pueden incluso ser desarrollados en “las capas culturalmente cualificadas” (2011, p. 59) y tener representaciones lógicas, coherente, razonables. Pero la pretensión de ser un observador neutral es meramente ficticia. La moral social de las capas consideradas inferiores presenta también reivindicaciones necesarias. Para esto el autor presenta su Teoría del Reconocimiento, teoría que me parece importante traer a colación para seguir este análisis de una posible democracia que realmente incluya a todos.


El autor analiza por medio de una perspectiva Hegeliana el término reconocimiento visto como una relación ética entre dos sujetos y cómo la noción de identidad está relacionada necesariamente con el reconocimiento por parte del otro. Es decir: el individuo solo se ve a sí mismo como sujeto social si es reconocido por los demás. Honneth se preocupa por una explicación normativa de las relaciones de poder, respeto y reconocimiento. Su objetivo es demostrar como individuos se insertan en la sociedad actual a través de la lucha por el reconocimiento, no por la autoconservación (como diría Hobbes). Esta lucha inicia por la experiencia de desprecio ocasionada por la falta de reconocimiento. Es necesario lograr la autorrealización del individuo, por medio de experiencias que permitan este reconocimiento intersubjetivo. Honneth afirma que debemos asumir la adquisición de reconocimiento social como “condición normativa de toda acción comunicativa: los sujetos se encuentran en el horizonte de expectativas mutuas, como personas morales y para encontrar reconocimiento por sus méritos sociales.” (Honneth, 2011, p. 137)


Como hemos mencionado, es a través de la experiencia del reconocimiento que el individuo adquiere valor social en relación a su propia identidad. Y este reconocimiento parte de la aceptación del otro como un sujeto en sí mismo, un fin en sí mismo, un sujeto con derechos y particularidades. Es esta lucha por reconocimiento que permite el surgimiento de los derechos necesarios dentro de la comunidad que permitan a todos los sujetos ser iguales en derechos y debidamente reconocidos en su particularidad. Como sujetos sociales dentro de una comunidad y como una parte de un todo. Lo que el autor plantea es el uso de esta lucha como forma de reivindicación social en las actuales sociedades democráticas, sobre todo en el caso de poblaciones o grupos usualmente marginados por la sociedad. Buscando su inserción en la sociedad, intentando así impedir la existencia de una sociedad fragmentada. Donde la invisibilidad hacia ciertos grupos actúa como una forma de desprecio social. En la medida en que ciertos sujetos son excluidos de reconocimiento, estos son denigrados y se les niega la posibilidad de expresarse y ser en sociedad. Al invisibilizar a alguien se le niega su propia condición de humano, de considerarlo un fin en sí mismo. Este sujeto se sentirá entonces desconectado de su entorno, será una parte que no se relaciona con el todo, un sujeto social sin sociedad. Y la sociedad que lo alberga se convertirá en una sociedad patológica, fragmentada. 

Como hemos visto, las tendencias socio-históricas propias de las sociedades capitalistas han mostrado una suerte de experiencias negativas de desprecio e invisibilización, arriesgando cualquier posibilidad de una democracia auténtica. La falta de reconocimiento propiciado en estas sociedades nos demuestra que la racionalidad instrumental, más la lógica del mercado, desarrollan la noción de patologías sociales a partir de la separación del ser humano con su propia autorrealización.  Incluso encontramos prácticas sociales, como la extrema división de trabajo, y en general todo un sistema de creencias que obligan a los sujetos a percibir como normal que sus relaciones intersubjetivas se den exclusivamente desde el punto de vista funcional, como relaciones instrumentales. Donde el otro ya no es otro sino una mera cosa, un medio para un fin individualista. Esa es la lógica del capitalismo que obliga a los demás sujetos a desarrollar esta razón distorsionada. Esta es la razón presente en la democracia actual, una imposición hegemónica disfrazada de democracia liberal. 
"Dado que la experiencia del reconocimiento presenta una condición de la cual depende el desarrollo de la identidad del ser humano en conjunto, su ausencia, esto es, el desprecio, va acompañada necesariamente del sentimiento de una amenaza de la pérdida de personalidad” (2011, p. 137)


La amenaza a la pérdida de la propia identidad, que debería ser alcanzada a través del reconocimiento social, muestra una sociedad con una comunidad de seres aislados y desconectados de su entorno. Esta desconexión con el entorno genera una sociedad fragmentada causada por la falta de identidad colectiva. Esta fragmentación es esencial para entender la falta de una identidad colectiva que permita un desarrollo de una democracia que incluya a los sectores soslayados por los grupos dominantes.


4.      DEMOCRACIA RADICAL

En el libro de Ernesto Laclau y Chantall Mouffe titulado “Hegemonía y estrategia socialista” se hace una crítica a la izquierda tradicional para redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia, como una articulación de las varias luchas contra diversos tipos de opresión, sea de clase, raza, sexo, orientación sexual, entre otras. Para esto, los autores afirman que es necesario dejar de lado “un cierto número de tesis epistemológicas del Iluminismo, ya que es sólo a través de una crítica del racionalismo y del esencialismo cómo es posible dar cuenta, de manera adecuada, de la multiplicidad y diversidad de las luchas políticas contemporáneas (Laclau y Mouffe, p. 6). De hecho, Mouffe nos relata cómo podemos tener opciones para elegir entre ellas, opciones para votar por ejemplo, pero las opciones que tenemos no necesariamente las hemos elegido nosotros, por lo que en realidad estaríamos bajo una clara imposición disfrazada de elección. Una imposición basada en un supuesto racional que pretende ser universal.


Las luchas sociales y la exclusión de varios de la representación política, lo hemos visto con anterioridad, pero esta es una perspectiva más concreta que también toma en cuenta la pluralidad existente en las luchas sociales contemporáneas. Pluralidad que ha generado una crisis teórica sobre el liberalismo, ya que se ha visto que no considera la totalidad de los sujetos dentro de una comunidad, sino que favorece a unos pocos constantemente, es más, estos pocos han generado una opresión que impide a la mayoría siquiera percibir que se está inmerso en un supuesto y no una realidad de cómo debe funcionar la política. Es decir, se considera la forma actual como la única forma posible, o en todo caso, la más razonable. Estos autores también critican esta pretensión de universalidad, o incluso la perspectiva teleológica de la historia. Realizando una crítica actual al racionalismo del marxismo clásico, donde existen leyes históricas necesarias.

“El carácter plural y multifacético que presentan las luchas sociales contemporáneas ha terminado por disolver el fundamento último en el que se basaba este imaginario político, poblado de sujetos «universales» y constituido en torno a una Historia concebida en singular” (Laclau y Mouffe, p. 9)


Al concluir la era de los discursos universales, de las epistemologías normativas, los autores no intentan inscribir su discurso dentro de un proceso lineal de conocimiento, no tiene pretensión universal ni tampoco pretende un consenso razonable. Más bien se busca romper con la aspiración monista, propia del marxismo, a través de su sentido de teleológico de la historia y sus categorías esencialistas. Teniendo esto claro, analizan el fenómeno de la fragmentación de los grupos sociales causada por el capitalismo. De ahí surge la noción de Hegemonía, del fenómeno de la fragmentación que genera junto a las indeterminaciones de las articulaciones entre las distintas luchas, los autores también aseguran que “cuanto más predominan los intereses materiales inmediatos, más se afirman estas tendencias a la fragmentación” (Laclau y Mouffe, p. 38).


Como hemos visto, tanto la democracia liberal como el sistema capitalista, generan necesariamente un contexto fragmentado. La causa gira en torno a la falta de reconocimiento del otro, falta de representación y falta de una identidad colectiva que permita la integración de los sujetos políticos y sus respectivas luchas sociales. Por lo que los autores llaman a luchar en el presente contra estas tendencias a la fragmentación, sin embargo, afirman que esa lucha “suponía formas de articulación que, al presente, no brotaban espontáneamente de las leyes del capitalismo, era necesario introducir una lógica social distinta de la determinación mecánica, un cierto espacio que restaurara la autonomía de la iniciativa” (Laclau y Mouffe, p. 49)


Los autores afirman que una alternativa de izquierda precisa de una división social basada de otra forma. Se deben expandir las cadenas de equivalencias entre las diversas luchas contra la opresión. Por lo que definitivamente “la alternativa de la izquierda debe consistir en ubicarse plenamente en el campo de la revolución democrática” (Laclau y Mouffe, p. 291). Sin embargo, tampoco debe ser tarea de la izquierda excluir la ideología liberal, sino más bien debemos profundizarla para llegar a una democracia radical que admita un pluralismo. Lo cual requiere de una automatización de las esferas de lucha, junto a la reproducción de espacios políticos, siendo esto posible solamente abandonando el ideal jacobino y cualquier concentración de poder. Por lo que en realidad cualquier proyecto de democracia radical precisa de una dimensión socialista, “ya que es necesario poner fin a las relaciones capitalistas de producción que están en la base de numerosas relaciones de subordinación” (p. 294). Sin embargo, sería el socialismo uno de los aspectos claves de un proyecto de democracia radical, no a la inversa.


Mouffe también en su libro “El retorno a lo político” propone lo mismo, abordar el proyecto de izquierda dentro del marco de una democracia radical y plural que no busque erradicar el poder, sino “multiplicar los espacios en los que las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática” (p. 24). Afirma también que una de las características fundamentales de la modernidad es el vacío encontrado dentro de la esfera de poder, pues la falta de representación deja una sociedad sin fundamento. Por lo que es imposible el desafío racionalista que busque un universalismo abstracto. Pues es evidente que toda forma de afirmación de universalidad presenta cierto desconocimiento de la dimensión particular, rechazando la diferencia. Es por eso que a través del proyecto de una democracia radical, se busca dejar de lado esa pretensión universalista que conlleva a un sometimiento implícito.


“El anhelo racionalista de una comunicación racional no distorsionada y de una unidad social basada en el consenso racional es profundamente antipolítica, porque ignora e! lugar decisivo de las pasiones y los afectos en política, No se puede reducir la politica a la racionalidad, precisamente porque la política indica los límites de la racionalidad.” (Mouffe, 1999, p. 160)


5.      CONCLUSIÓN


Como hemos visto, es importante analizar los principios políticos que rigen la sociedad, puesto que hoy en día se ha visto la extensión de la llamada democracia liberal que afirma sostenerse sobre una base moral, racional y universalizable. Todas estas características muestran una clara imposición de una racionalidad sobre las demás. Al igual que la democracia actual, muchos son vistos excluidos de la esfera política, siendo relegados a ceder su voluntad política a un mero voto cada cierto tiempo. El actual sistema social imposibilita el reconocimiento de todos los individuos dentro de la sociedad, un reconocimiento necesario para la formación de una democracia radical. Donde se reconoce al otro como un sujeto en sí mismo, como un fin y no como un medio. Interacción necesaria para la formación de una identidad social. La falta de reconocimiento conlleva a graves problemas de representación y a una sociedad fragmentada que carece de una identidad colectiva. 


Asimismo, el papel de las pasiones es central dentro del ámbito político, como diría Mouffe, al no poder establecer un consenso racional sin exclusión, la democracia precisa asumir el pluralismo y aceptar el conflicto. El objetivo de la política no es eliminar las pasiones, sino movilizarlas dentro de una dimensión agonista que favorezca el pluralismo. Es imposible que, tras un velo de ignorancia, un Yo-desvinculado desprovisto de cualquier lazo con la otredad, pueda tomar decisiones positivas para un colectivo de individuos diferentes entre sí.  Por eso las pasiones son fundamentales para entender lo político, es preciso dominarlas y aceptar el conflicto para transformar la sociedad. El camino a una revolución democrática comienza por aceptar que lo que estamos viviendo actualmente no representa los intereses de todos los integrantes de la comunidad, tampoco acepta el pluralismo existente, ni mucho menos las diversas formas posibles de racionalidad. Es necesario sembrar vínculos y buscar un pluralismo que acepte y represente a todos y a todas es posible en el marco de otra clase de democracia, para lograr esta es necesario movilizar las pasiones y adentrarse en lo político como fragmentos de un rompecabezas que aún pueden unirse, porque aunque las piezas no encajen perfectamente, sin duda formarían algo nuevo.


BIBLIOGRAFÍA

Chantall, M (1999) El retorno de lo político: Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Editorial Paidós: Barcelona-Buenos Aires-México.

Laclau, E & Mouffe, C (1987) Hegemonía y estrategia socialista: Hacia una radicalización de la democracia. Siglo XXI: Madrid.


Habermas, J. (1999) Teoría de la acción co­municativa, Tomo I. Racionalidad de la ac­ción y racionalidad social. Madrid: Taurus.


Honneth, A. (2011). La sociedad del desprecio. Madrid: Trotta.


Sandel, M (2008) Filosofía pública: Ensayos sobre moral en política. Traducción de Albino Santos Mosquera. Marbot Ediciones: Barcelona. pp. 213-234   Rawls, J. (2000) La justicia como equidad: Una reformulación. Edición a cargo de Erin Kelly. Editorial Paidós: Barcelona-Buenos Aires-México. pp. 23-65.


Horkheimer, M (2000) Teoría tradicional y teoría crítica, traducción de José Luis López y López de Lizaga, introducción de Jacobo Muñoz, Barcelona: Paidós.





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