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domingo, 11 de julio de 2021

LA AMENAZA CAPITALISTA: Un análisis de un modelo de desarrollo incompatible con una ética ecológica

                                Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez                                 atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.         
                                                                                                                      Proverbio Indoamericano

                                                                                                                                                                   Estamos frente a la mayor crisis ecológica de la historia. La situación es de extrema gravedad, sin embargo, pareciera que la preocupación por la devastación ambiental es relativamente reciente y vista muchas veces como una preocupación meramente superficial, sobre todo, si no se toma en cuenta las causas sociales, económicas, productivas y hasta psicológicas que configuraron el surgimiento de la crisis actual. Reconocer la raíz del problema, aquello que amenaza con destruirnos como especie, es el primer paso para la creación de alternativas sostenibles que nos permitan evadir (o al menos retrasar), lo que, todo indica, podría significar el fin de la especie humana como la conocemos. Esta amenaza al ecosistema está presente en todas partes, tanto en los suelos, como en los mares y en el aire, como también está presente en la economía, en la política y la psique humana. Es una amenaza que invade todas las áreas de la vida y la tierra: El capitalismo. El siguiente paso es percibir la necesidad de un cambio que radique no solo en las formas de producción y los niveles de consumo, sino también un giro de pensamiento que contemple al ser humano como parte de la naturaleza, en vez de asumirse como dueño de la misma. Empezaremos con un diagnóstico de la situación actual para percibir la gravedad de la crisis ambiental a través de Naess y Arias que nos dará un aporte más contemporáneo. Luego nos enfocaremos en la crítica al capitalismo y el análisis del modelo de racionalidad presente y cómo éste fue causante de la grave situación ambiental. Iremos desde la formación de una sociedad con un criterio de progreso insostenible a largo plazo por sus medidas claramente destructivas, en este punto presentaremos, a través de Foster Bellamy, la tesis marxiana de la fractura metabólica que este sistema representó en la relación del ser humano y la naturaleza por medio del modelo económico y sistema productivo. Hasta el análisis de la formación del sujeto capitalista, con su consumismo desmedido y narcisismo constante, propio de una cultura individualista y peligrosamente antropocéntrica, para lo cual traeremos a colación a Jappe.  Por último, elaboraremos una breve conclusión que incluya las posibles medidas a tomar para generar un modelo de desarrollo que sea compatible con una ética ecológica.


LA CRISIS AMBIENTAL

El problema

Empecemos haciendo un diagnóstico de la grave situación actual a través de un antecedente relativamente reciente, Arne Naess un filósofo que aportó mucho a la conciencia ambiental y a la formación de una filosofía de carácter ecológica, una ecología profunda que buscó una forma de comprender la peligrosa situación a la que nos dirigíamos. Naess, en su libro “Ecología, diversidad y estilo de vida” (1974), afirmó la existencia de una cultura global de carácter primariamente tecno-industrial que estaba invadiendo el mundo degradando las condiciones de vida de las futuras generaciones generando una “devastación ambiental creciente de manera exponencial, parcial o totalmente irreversible, perpetuada a través de modos de producción y consumo  firmemente establecidos y una falta de políticas adecuadas respecto del incremento de la población humana” (p. 63).

El autor intentará llegar a entender y profundizar sobre esta cultura y lo que supone para el medio ambiente, además, intentará plantear formas en las que la reflexión y el actuar humano con respecto a la naturaleza surja de un principio de respeto y pertenencia, o, mejor dicho, de armonía; dejando de lado el extremo antropocentrismo y la idea de posesión sobre la naturaleza. Asimismo, afirma la necesidad de presuponer una teoría ética mínima con respecto a las acciones que el ser humano realiza en su entorno. Es decir, es necesario contemplar una ética donde un cambio como el deterioro o la devastación fuera considerado necesariamente de carácter negativo, por ejemplo, un cambio en las condiciones del río o del océano que no contemple la reacción de las diferentes formas de vida que allí habitan, esto también debería tener un claro valor negativo, al igual que cualquier atentado contra la diversidad y el delicado equilibrio natural.

En este sentido, es necesaria la existencia de una clara valoración en cuánto al cambio climático, una suerte de fundamento básico para una ética ambientalista que sea compartido por toda la humanidad, un fundamento basado en hechos indeseables que debemos urgentemente valorar como negativos, como, por ejemplo, la devastación de la diversidad, la deforestación indiscriminada de la Amazonía, los derrames crónicos de petróleo en el mar, la erosión de los suelos… En fin, hechos que deberían valorarse de manera negativa si lo que queremos es preservar el ecosistema, que, hay que enfatizar, es nuestro hogar. Porque ese es precisamente el principal riesgo de la situación actual sometida a un mundo mayoritariamente capitalista, la relevancia de la naturaleza es cuestionada, no nos sentimos parte del entorno, sino sus propietarios. La naturaleza no es vista como un fin en sí mismo como veremos más adelante, por lo que difícilmente podemos afirmar que el ser humano tiene como objetivo preservar el ecosistema, por una sencilla razón: el modelo económico-social imperante no lo permite.

Diagnóstico de la situación actual

Para comprender con un poco más de detalle la gravedad de la situación, Asier Arias en su libro "La economía política del desastre" (2018) afirmaba que, si la conducta humana seguía igual y las emisiones de carbono se mantenían en niveles semejantes, en el año 2020 podríamos estar en un punto de no retorno. Podrían ser unos años después declara siendo optimista. Me atrevo a decir que no se esperaba una pandemia de la magnitud de la que ahora estamos viviendo, que debo admitir debió otorgar, aunque sea un respiro al ecosistema por aquellos meses en que el mundo se "paralizó” con la paralización de la economía y el confinamiento. Además, claro, la lamentable reducción de la densidad poblacional debido a la enfermedad también podrá tener a la larga resultados positivos al ecosistema. De todas formas, Arias ya advertía todas las consecuencias que los tratos al medio ambiente podrían acarrear, incluyendo en sus predicciones las epidemias, puesto que estas también son consecuencia del impacto que el ser humano está haciendo en su entorno afectando la biodiversidad y el habitad de muchas especies, facilitando la trasmisión de enfermedades provenientes de los animales.

"Las sequías, las olas de frío y de calor, el aumento del nivel del mar, la acidificación oceánica, la magnitud de los huracanes e inundaciones y, por supuesto, las consecuencias humanas de todos estos procesos —escasez de alimentos y agua potable, desplazamientos masivos de población, epidemias, etc.—" (2018, p. 44)

Asier sostiene que existen dos procesos que, interrelacionados, producen esa peligrosa modificación en la biosfera: “el cambio climático y la drástica reducción de la biodiversidad que de forma creciente experimentan los ecosistemas a lo largo y ancho del globo.” (p. 7) Esta relación es evidente ya que el cambio climático afecta directamente la diversidad biológica. De hecho, el autor afirma que, como consecuencia del cambio climático, la biodiversidad de algunos ecosistemas podría reducirse en un 80% antes del fin del siglo. Es en ese sentido que la comunidad científica, biólogos, geólogos, entre otros especialistas, se refiere a la drástica reducción de la biodiversidad como “la sexta extinción masiva de la vida en el planeta Tierra” (p. 11).

De hecho Arias hace referencia a una publicación en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America del 2017 donde se evalúa a nivel global el curso de la sexta extinción masiva (la que se está dando actualmente).  Donde se analiza no solo las especies ya desaparecidas, sino en la pérdida de biodiversidad presente en la biosfera en las últimas décadas con respecto a las especies que aún no se han extinto, pero sí han sufrido diversas afectaciones. En este análisis se encontró que "las extinciones antropogénicas de poblaciones suponen una erosión masiva de la mayor diversidad biológica de la historia de la Tierra” (p. 13) Y al explicar las causas es evidente que el actual ritmo creciente de consumo, sobreexplotación, invasión, contaminación. En sí el consumo excesivo (principalmente por parte de los más ricos) sumado a la superpoblación humana son motores claves para comprender que no estamos considerando la finitud de los recursos naturales.

En síntesis, la situación es, en efecto, extremadamente grave. Por lo que es necesario ahondar en la raíz de esta crisis, para ello, consideramos que analizar el sistema económico-social que impera en el mundo contemporáneo es la mejor forma de entender las causas de haber podido llegar tan lejos en nuestro desprecio al medio ambiente, para, quizás así, comenzar a encontrar las posibles vías de solución de un problema que, lamentablemente, parece no tener ninguna, porque, como enfatiza Arias en su libro, “la sexta extinción en masa ya está aquí y la ventana para una acción efectiva es muy corta, probablemente de dos o tres décadas como mucho" (p. 13).

 

2.    EL CAPITALISMO COMO CAUSA

Para introducirnos en el capitalismo como raíz del problema actual, primero veamos cómo se distribuye la riqueza y el consumo, Arias nos comenta que, debido a su consumo excesivo, menos del 20% de la población es responsable de la gran mayoría del impacto humano sobre el medio ambiente. Asimismo, afirma que, en cuanto a la distribución de riqueza: “si en 1960 la diferencia de ingresos entre el 20% más rico de la población mundial y el 20% más pobre era de 30 a 1 y en 1990 de 60 a 1, hoy, esa proporción es, aproximadamente, de 80 a 1.” (2018, p. 79) De hecho afirma que el aumento del PBI en los países occidentales en las últimas décadas se ha visto acompañada de un evidente aumento en los niveles de desigualdad, junto con mayores niveles de desempleo y un aumento de número de personas pertenecientes a los sectores más pobres de la sociedad. En este sentido, diría Chomsky (a través de Arias) que el aumento de la desigualdad presente en el modelo neoliberal no es motivo de sorpresa, sino que lo que debemos preguntarnos es “¿cómo ha logrado imponerse un sistema económico tan disfuncional?”. ¿De dónde y cómo surge este modelo que no solo no ha ayudado a los seres humanos a alcanzar una vida digna, sino que pone en riesgo la propia supervivencia de la especie humana?

La fractura metabólica

Para comprender la grave situación actual en la que nos encontramos, nos vamos a remitir, (a través de Bellamy Foster) al planteamiento Marxista con respecto a la relación metabólica presente entre el ser humano y la naturaleza, pues este afirma que actualmente en ella se presentaría una clara fractura. A pesar de que, como diría Marx, el ser humano está innegablemente unido, física y psíquicamente, a la naturaleza. Depende de ella, es parte de ella. Este enfoque dialéctico-materialista nos permite ahondar en la raíz de la dinámica existente entre la humanidad y su entorno en el contexto de una sociedad capitalista. Para ello es preciso utilizar conceptos de las ciencias naturales, pero también sociales y humanas, pues solo una visión integral de la situación nos permitirá encontrar las verdaderas causas de nuestro trato para con la naturaleza. Foster (2000) se suma a la crítica de los sociólogos ambientalistas con relación al pensamiento social clásico, pues considera que “niega la prioridad ontológica del mundo natural” además, de percibir a la naturaleza como propiedad del ser humano, como parte de su desarrollo. Y es así cómo podemos percibir un claro “reflejo de un antropocentrismo profundamente arraigado, de un acercamiento instrumentalista a la naturaleza, y de la no consideración de los limites naturales” (p. 40). Lo que consideramos también gran parte del problema en cuestión, el antropocentrismo, la razón instrumental y la ignorancia (o insensatez) con respecto a los límites de la naturaleza y sus recursos.

Con el fin de comprender la relación entre la evolución humana, las relaciones sociales y la naturaleza. Ya que estas pueden modificarse mutuamente. Para comprender esta relación, es necesario entender el papel de la actividad productiva, porque es a partir de allí que se genera una relación con la naturaleza, ya que esta provee los elementos y las herramientas necesarias para la realización de la actividad. En un proceso metabólico “sano”, los humanos transforman los elementos recibidos de la naturaleza para su uso, ese es parte del cambio de materiales y energías que se da entre el ser humano y la naturaleza. En este sentido, existe una relación metabólica natural, que debería traducirse en un intercambio entre el ser humano, la sociedad y la naturaleza, formando un metabolismo social.

En efecto, en la naturaleza se encuentra el material suficiente para su subsistencia, pero a través del sistema capitalista se realiza un giro en cuanto a la visión de la subsistencia, ahora lo necesario, lo primordial es el capital. El capital producto del trabajo enajenante que se pasa a convertir en mediador entre el ser humano y la naturaleza. En este sentido, el capitalismo busca controlar y alterar el metabolismo social al convertir, por ejemplo, aquél que trabaja la tierra en un mero asalariado más, sin posibilidad de intervención sobre la actividad productiva, lo que implica una alienación que impide la propia realización a través de un poder que lo controla todo y que impulsa a un deseo incontrolable de acumulación constante. Se produce una enajenación, una separación entre el trabajador con respecto al suelo que trabaja, en otras palabras, se produce una ruptura en la relación directa entre la tierra y la población. “El desarraigo del trabajador respecto al suelo como su taller natural. Para Marx, la existencia misma del capital presu­pone un proceso histórico que disuelve las distintas formas en las que el trabajador es propietario; en las que el propietario trabaja.” (Foster, 2000, p. 262)

Con respecto a esta fractura, diría Foster, al recuperar el pensamiento de Marx, habría sido “consecuencia de las relaciones de producción capitalistas y la separación antagonista entre ciudad y campo.” (p. 220), es decir, el mismo concepto de fractura se vería evidenciado en la relación entre la ciudad y el campo. Ya que, al reducirse la población agraria y el incremento de la población urbana industrial, se produce una excesiva centralización en las ciudades, provocando una clara ruptura en el metabolismo social, además de una disminución en la fertilidad de los suelos y en general una ruptura en la misma relación del ser humano con la tierra. Es por ello que Marx afirmaría la necesidad de regular el metabolismo humano de una manera racional en su relación con la naturaleza, hazaña que este consideraría imposible para la sociedad burguesa.

Marx afirma que el capitalismo como sistema productivo deshumanizante genera esta perturbación en la relación y el equilibrio de la humanidad y su entorno. “La separación existente entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta existencia activa, una separación que se postula por completo únicamente en la relación del trabajo asalariado con el capital.” (Marx, 1971) Esto ha generado una clara contradicción donde el ser humano, al verse separado de su entorno, ve en su propio habitad, solo un objeto más que poseer, un recurso más que explotar. En efecto, vemos que la naturaleza es parte de la praxis humana, pero es, a la vez, la totalidad de lo materialmente existente. De hecho, la naturaleza es fuente de todos los medios de trabajo e incluso del objeto a trabajar (el suelo, por ejemplo). Pero el ser humano insiste en transformar la naturaleza, alterarla a su antojo, provocando esta ruptura en la relación entre los seres humanos y la naturaleza a través de una falla en el intercambio metabólico que asimismo tiene como causa la lógica productiva, extractiva y consumista de la sociedad capitalista, donde se utilizan los materiales naturales hasta agotarlos, sin devolver más que destrucción y contaminación, sin permitir su debida regeneración y la necesaria preservación de los recursos naturales y de la naturaleza en su conjunto.

Todo esto podría ser un resumen de las causas de la fractura mencionada; sin embargo, la historia ha seguido su curso y ahora tenemos que mencionar las consecuencias de negar la prioridad ontológica que debería tener el medio ambiente, que debería, como diría Naess, ser valorado como un fin en sí mismo. La razón instrumental que nos lleva a ver en nuestro entorno un instrumento a utilizar más el excesivo antropocentrismo que no nos permite ver la gravedad de nuestro accionar serían las consecuencias de un sistema que prioriza esos “valores”, pero no solo eso, sino que el auge del consumismo, la acumulación de capital y la industrialización ha perjudicado el ecosistema a tal punto que podemos hablar de una clara catástrofe ecológica.

Como hemos visto, la práctica irracional del ser humano en la producción capitalista en cuanto a la naturaleza y el uso de sus recursos, puede ser vista en la explotación social y económica, además de la explotación natural y la organización social del territorio, como hemos mencionado. Por otro lado, también entre sus causas se encuentran la división que se produce entre el campo y la ciudad, donde la excesiva centralización impide el intercambio metabólico, adecuado en el sentido de que exista una debida retro-alimentación que contemple la regeneración y conservación de los recursos naturales. Asimismo, el capitalismo no solamente enajena al trabajador de su producto, de su actividad económica e incluso de la fuerza de su trabajo, sino que también produce una clara alienación entre el ser humano y su entorno. Es por ello que Marx piensa en reestablecer un control del metabolismo social que él percibe como quebrado. De esta forma, Marx apunta a una racionalidad ambiental a partir de una reflexión materialista, donde se busca llegar a un modo racional de dominar el metabolismo, en condiciones dignas, con menor gasto de energía y el total control por parte de los productores, todo con el fin de buscar responder a los verdaderos intereses humanos y ya no del capital.

El sujeto capitalista

Hemos mencionado el capitalismo como sistema económico-social y su relación con la naturaleza en cuánto instrumento de explotación, también hemos visto las consecuencias del excesivo consumo y el pensamiento que rige la actividad productiva y cómo esta ha generado una ruptura entre las relaciones del ser humano con su entorno, fractura que hoy presenta gravísimas consecuencias. Ahora haremos una aproximación de carácter más psicológico y antropológico para terminar con este análisis del sistema como un modelo que rige todas las áreas de la vida humana, y, además, amenaza directamente la supervivencia de la humanidad como especie que habita sobre la tierra.

Anselm Jappe en “La sociedad autófaga” (2019) hace referencia al modelo de pensamiento y la forma de vida que este sistema ha generado. Trae a colación el mito griego de Erisectón, donde un rey se devora a sí mismo por la incapacidad de saciar su hambre, considera esta una representación simbólica de lo que sucede con el ser humano y el capitalismo, estamos prestes a “devorarnos” a nosotros mismos por no poder controlar nuestra codicia y los deseos por satisfacer las necesidades creadas por el mismo sistema que nos tiene esclavizados a través de lo que denomina “fetichismo de la mercancía”, concepto introducido por Marx en El Capital (1867) como una forma de relación entre las personas y los objetos, una relación social que se expresa en el modo de producción capitalista, pero que domina todos los aspectos de la sociedad.

El fetichismo de la mercancía no es una falsa conciencia o una simple mistificación, sino una forma de existencia social total que se halla por encima de toda separación entre reproducción material y psyché porque determina las formas mismas del pensar y el actuar.” (Jappe, 2019, p. 28)

De hecho, el autor afirma que es imposible de superar la crisis ecológica dentro del marco de un sistema capitalista, incluso si realizamos algunos controles o disminuimos el consumo, ya que la raíz misma del sistema consiste en una alteración mental que impide vernos como parte del entorno. Jappe incluso realiza una crítica al "capitalismo verde" y el desarrollo sostenible en cuanto considera este una suerte de ecología superficial, que no contempla la raíz del problema como tal. Pues aquello que adquiere más valor no sería lo primordial, lo necesario, sino aquello que genere mayor valor mercantil, mayor plusvalía. Es decir, el valor mercantil prevalece sobre el valor de uso. El autor también introduce el valor como fundamento de la sociedad mercantil, sociedad sometida a la tiranía del “sujeto automático” (concepto usado para describir el valor) permanentemente inscrito en la lógica fetichista. Afirma que, en esta sociedad, dominada por el fetichismo de la mercancía, "no puede haber un verdadero sujeto humano: es el valor, en sus metamorfosis (mercancía y dinero), el que constituye el verdadero sujeto. Los «sujetos» humanos van a remolque suyo, son sus ejecutores y sus «funcionarios», los «súbditos» del sujeto automático" (p. 31).

En este sentido, tanto Marx como Jappe realizan una crítica bastante interesante sobre el concepto valor que lamentablemente no podremos profundizar en este ensayo. Pero de todas formas queremos aproximarnos a la lógica capitalista pues la consideramos retorcida y destructiva: la economía capitalista como tal no busca satisfacer necesidades existentes, sino crear nuevas para así poder desarrollar nuevas mercancías para continuar con la cadena de consumo. Hay una tendencia, un impulso hacia lo ilimitado. Algo claramente problemático cuando lidiamos con recursos limitados.

No se trata solo de una «actitud» o de una «ideología»: es la competencia en el mercado la que obliga a cada actor a participar en este juego desquiciado o desaparecer. No es difícil de comprender que aquí se hallan las raíces profundas del desastre ecológico al que conduce el capitalismo. (Jappe, 2019, p. 22)

            Desde el punto de vista psicológico se ha visto entonces la creación de un sujeto narcisista anclado a sus impulsos fetichistas relacionados con el consumo y el mercado. Es decir, el capitalismo promueve el narcisismo. De hecho, así es como Jappe se refiere a este resultado psicológico del capitalismo: "El narcisismo, por el contrario, es la forma psíquica que corresponde al sujeto automático. (…) Con su poder impersonal de igualación, el dinero siempre ha sido un vector del espíritu narcisista." (p. 168) El narcisismo podría ser visto como un rasgo de personalidad o incluso un trastorno psiquiátrico, ya que el sujeto narcisista presentaría un excesivo egocentrismo (que a nivel global se podría ver también como un antropocentrismo), una clara dificultad en reconocer sus errores, falta de empatía para con los demás (o el entorno), además de una necesidad de constante afirmación externa a través de la satisfacción de sus deseos, sin capacidad de reconocer los límites reales. Un sujeto que solo ve su reflejo y que por ello no conoce más que a sí mismo, por lo que no logra “establecer verdaderas relaciones ni con los objetos naturales, ni con los otros seres humanos”, un sujeto que al no relacionarse con su entorno “niega la objetividad del mundo exterior y el mundo exterior se le niega y rehúsa prestarle la asistencia material más elemental, como la comida” (p. 14) Todo esto se ve más claramente en la constante necesidad de éxito y el extraño, pero difundido, ideal de promoción de uno mismo como si el ser humano se tratara de una mercancía más. Lamentablemente está claro que “el narcisismo se ha convertido en la forma psíquica dominante. Es un fenómeno mundial" (Jappe, 2019, p. 311).


 

3.    CONCLUSIONES

 La absurda lógica capitalista

Como hemos visto, la lógica capitalista carece de sentido de preservación y es incompatible con una ética ambientalista. De hecho, además de difundir la explotación como accionar principal de la humanidad, también ha generado una “humanidad superflua”, e incluso de una “humanidad-desecho” que Jappe considera el principal problema del capitalismo, ya que “El capital ya no necesita a la humanidad y acaba por autodevorarse" (p. 310). Es decir, es una lógica que implica la auto depredación, una lógica que implica la destrucción misma del sujeto en cuanto sujeto. Promueve el individualismo y fomenta el narcisismo a partir del consumo desmedido y el fetichismo de la mercancía. Asimismo, el modo de producción capitalista ha ocasionado una fractura metabólica del ser humano con la naturaleza, una relación necesaria para el desarrollo de la especie humana. “El triunfo del capitalismo es también su quiebra. El valor no crea una sociedad viable, aunque fuera injusta, sino que destruye sus propias bases en todos los ámbitos.” (Jappe, p. 310)

Por otra parte, como afirmaría Marx, la industria y la agricultura explotada de forma industrial actúa en detraimiento de la fuerza de trabajo y degrada el potencial natural de la tierra. Es una lógica que arremete contra la tierra como ecosistema, pero también como generador de alimento y recursos que necesitamos para sobrevivir. En fin, es un modelo de desarrollo que garantiza un bienestar superficial a corto plazo (bienestar producto de un espejismo) y solo visible para una pequeña parte de la humanidad, a cambio de medidas claramente destructivas a mediano-largo plazo para todo el planeta y los seres que aquí habitan. Es, en efecto, una lógica absurda.

Necesidad de un giro de pensamiento

Por lo tanto, podemos ver la urgencia de lograr un giro de pensamiento que contemple el papel del ser humano como parte de su entorno, no propietario. Naess propone un pensamiento holístico donde todo esté conectado, donde comprendamos que existe un valor inherente en la naturaleza independientemente de su utilidad. Frente a la visión antropocéntrica de la ecología superficial que busca responder a los intereses humanos, plantea una ecología profunda que considere el valor de la naturaleza y del ecosistema en general. Es necesario rechazar la visión antropocéntrica del ser humano separado de su entorno, visión producto de un extremo individualismo. Al igual que debemos transformar la errónea noción de la naturaleza como un mero medio para un fin y no un fin en sí mismo, porque, al parecer, se ha intentado separar al ser humano de la naturaleza para establecer una suerte de relación amo-esclavo que contribuye a la alienación del ser humano con respecto a sí mismo, negándose a sí mismo el reconocimiento de ser parte de un todo. Si no nos sentimos parte de nuestro entorno se produce una disociación, una fragmentación del todo, una acentuación del yo y una consecuente dificultad de percibir la importancia de cualquier hecho o circunstancia exterior a nosotros.

 Hacia un sistema económico que implique una ética ambiental

Para concluir, afirmamos la necesidad de un cambio sistémico de carácter político, social y económico que incluya una ética ambiental en su formación y aplicación. Además de una revisión de los esquemas de valor y progreso, donde la calidad de vida importe más que el “nivel” de vida; donde el progreso sea real en la medida de las necesidades reales humanas y no las necesidades ficticias creadas por los intereses del mercado. Es necesario “un cambio en la ideología de la producción y el consumo no es posible sin un cambio considerable en la maquinaria económica" (Naess, p. 66). Porque, como hemos visto, el propio sistema de producción promueve la alienación y la separación del ser humano con la naturaleza. 

De hecho, podríamos esperar que la crisis ambiental inspire una nueva forma social de coexistencia que priorice las relaciones metabólicas tan relevantes para una vida digna. Es posible elegir un nuevo camino en base a nuevos criterios de progreso que estén fundamentados en la acción racional y la dignidad humana, no en las necesidades del mercado. Quizás esta esperanza sea, por lo menos, demasiado optimista; Sin embargo, considero que la esperanza es la raíz del cambio. Además, la humanidad ha cambiado de rumbo en tantas ocasiones que contemplar un modelo de desarrollo que implique una ética ecológica no suena tan descabellado tomando en cuenta los diferentes giros epistémicos por los que hemos transcurrido en la historia. Si el uso de la razón fuera suficiente ya habríamos percibido que es imposible pensar en un consumo ilimitado en un mundo con recursos finitos.

Es en este sentido que afirmamos que la actividad productiva debe ser regulada en la medida que muchas empresas (la mayoría) no considera el daño permanente que ocasionan en el ecosistema con tal de aumentar su valor en el mercado. Al igual que es necesario incentivar la agricultura local para que esta no compita con los precios de las multinacionales cuya alimentación no solo no es saludable para nosotros, sino que tampoco lo es para el medio ambiente. Ni que decir de la necesidad de una revolución en la forma de transporte, por ejemplo, el uso de ferrocarriles o trenes, y, por supuesto, el uso de energías renovables, algo aparentemente sencillo (en cuanto a razonamiento, digamos que es lógico) pero que ha recibido una fuerte resistencia por parte de los tiranos del capital que han lucrado por años con el petróleo.

En definitiva, es hora de percibir y aceptar nuestro lugar en el mundo para vivir en armonía con nuestro entorno, ser parte reconocida de la totalidad, para así recordar que “ser” es más importante que “tener”, algo que el modelo capitalista ha intentado por tanto tiempo hacernos olvidar.



BIBLIOGRAFÍA

Bellamy, J. (2000), La ecología de Marx. Materialismo y Naturaleza. España: Ediciones de Intervención Cultural / El Viejo Topo

Jappe, A. (2017), La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción. España: Editorial Pepitas

Arias, A. (2018), La economía política del desastre, efectos de la crisis ecológica global. Madrid: Editorial Catarata

Naess, A. (2018), Ecología, comunidad y estilo de vida. Esbozos de una ecosofía. Buenos Aires: Prometeo Libros



Matilde Carreón García-Bedoya


INDIVIDUALISMO EN MASA: Paso del modernismo al posmodernismo en el arte

 

INDIVIDUALISMO EN MASA

Paso del modernismo al posmodernismo en el Arte

 

El individualismo y algunas de sus consecuencias, como el narcisismo o hedonismo, son comportamientos vistos a lo largo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, a finales del siglo XX, podemos percibir cómo la sociedad y la cultura adquieren estas características. El individualismo generalizado, el desapego social y el culto al ego se vuelven consecuencias de una sociedad sumergida en las apariencias y el consumismo. Giles Lipovetsky en “La era del vacío” habla de un incremento notable de estas características al entrar al posmodernismo, relacionándolas a una suerte de vacío, donde las convicciones y las creencias carecen de sustento. La cultura que se ha formado no es solo patológicamente narcisista y hedonista, sino que se hace un culto a la imagen y a la dominación del otro. Esto último se ve en el trato que se comienza a dar al contexto social y natural. Se antepone la necesidad de conquista y dominación por encima de la salud del planeta, el dinero por sobre los recursos naturales.

Asimismo, con el modernismo se da algo similar a través del control y dominación de la población, como nos relata Adam Curtis en el documental “el siglo del individualismo”, se busca una forma de controlar a las masas por medio del consumo, de la creación de necesidades, Edward Bernays, por ejemplo, que descubrió una forma de hacer dinero para las grandes empresas, vinculando los deseos inconscientes con ciertos bienes de consumo, en su mayoría, efímeros e innecesarios. Pero que daban en el consumidor una sensación de poder sobre sí mismo, la libertad se relacionó con el consumo. Cuando en realidad el control social por medio de la psicología de masas solo limita la libertad individual, no obstante, se quería dar la impresión de que uno podía elegir quién ser, ya que los objetos o bienes de consumo te proporcionaban cierto estatus, cierta identidad. Se empieza a creer que uno es lo que tiene, lo que es capaz de comprar. Esto es lo que Adam Curtis llamaría, “la ingeniería del consentimiento”. Una era donde todos necesitan sentirse únicos, diferentes al resto. Este extremo individualismo parece creer que no necesitamos de la sociedad para ser, que no necesitamos integrarnos, solo nos necesitamos a nosotros mismos.

El modernismo es la revolución individualista por la que, por primera vez en la historia, el ser individual, igual a cualquier otro, es percibido y se percibe como fin último, se concibe aisladamente y conquista el derecho a la libre disposición de uno mismo, la que constituye el fermento del modernismo (p. 93)

En este pequeño ensayo veremos cómo estos cambios sociales y culturales afectaron la escena artística a través de movimientos como el expresionismo abstracto y el pop art, como menciona Lipovestky, existe una marcada diferencia entre el modernismo y el posmodernismo que podremos constatar a continuación.

EXPRESIONISMO ABSTRACTO: MODERNISMO

Esta obra de Jackson Pollock está inscrita en el movimiento llamado “expresionismo abstracto”. Este artista revolucionó el arte contemporáneo a través de una reinvención del método de creación con un proceso bastante particular. El método de la acción total. Prescindiendo del caballete, con el lienzo en el suelo, podemos ver una expresión del inconsciente del artista, al dejarse llevar y pintar con una suerte de bombardeo de colores. Donde la falta de imagen y de un foco claro, nos lleva a apreciar la obra en su totalidad. Expresa velocidad, movimiento, caos y creación. Al rechazar el método tradicional, está rechazando el pasado, la tradición, es parte de la modernidad, aunque de forma tardía. Se rechazan las convenciones y la tradición, pero aún no se vacía de significado. Su significado radica en lo insólito, lo racional, lo subjetivo, una suerte de estado salvaje donde el inconsciente y sus secretos se revelan. Aún representa una cierta autenticidad, a diferencia del arte que le sigue.  

“Experimentación que se basa en el sobrepasar los límites del yo, en la exploración de lo que excede lo intencional y deliberado, el arte moderno está obsesionado por el ojo y el espíritu en su estado salvaje (escritura automática, dripping, cut up)” (Lipovestky, p. 100)

Revisemos algunos conceptos de Lipovestky sobre la modernidad. El autor la definirá como una cultura individualista, y el arte moderno lo asocia con la experiencia subjetiva que sobrepasa los límites del yo, que excede la propia intención, donde se rompen las convenciones sumergiéndose en un proceso de “personalización” donde existe una tendencia a abolir estereotipos, de lo real, lo imaginario, el sueño, la razón, la locura, y de alguna forma así lograr emancipar el espíritu, dando rienda suelta a la imaginación y la acción creadora libre y voluntaria.

La relación con el inconsciente me parece importante recalcar, puesto que justo es la intención de personas como Bernays y diversas empresas que comienzan en el mundo de la publicidad, como hemos mencionado, relacionar el consumo con deseos inconscientes fue el origen del consumismo y la sociedad de masas individualista y vacía de sentido. Y en Pollock podemos aún ver sentido, interioridad, contenido, pero al mismo tiempo vemos una exaltación del inconsciente, como una bestia salvaje que ha surgido en la sociedad para quedarse. Aquí vemos el ejercicio creativo por medio de asociaciones libres, análisis del sentido y del sinsentido liberado de toda represión, real o imaginaria.

“Piezas constitutivas de la cultura moderna, el Inconsciente y la Represión son vectores de personalización, de erosión de las divisiones de nuestra representación antropológica: el sueño, el lapsus, la neurosis, el acto fallido, el fantasma ya no pertenecen a esferas separadas, se unifican bajo la égida de las «formaciones del inconsciente» que reclaman una interpretación en «primera persona» fundada en las asociaciones propias del sujeto“. (p. 104)

CONSUMO Y HEDONISMO: HACIA UNA SOCIEDAD POSMODERNA

La modernidad se caracterizaba por una exaltación de nuevos valores, rechazo a la tradición, oda a la innovación. Se basa en la exaltación del yo, el placer, la autenticidad, todo aquello que negara los valores burgueses que antes tan fervientemente se defendían. Se valora la inmediatez, lo subjetivo, lo irracional, todo aquello que provenga del individuo. En cambio, el posmodernismo rechazará el rechazo, hijos de la cultura de masas y la democracia, alimentados de una libertad engañosa producto de una clara seducción, como diría Lipovetsky, y de un control de masas a través del consumo y sus deseos inconscientes, como diría Adam Curtis, así es como se supera al modernismo y sus pretensiones idealistas. Se democratiza el individualismo desmedido, ahora la cultura de la libertad carece de sentido y propósito, sumergidos en una sociedad narcisista cuyo mayor deseo es enaltecer el ego.

“Se acabó la gran fase del modernismo, la que fue testigo de los escándalos de la vanguardia. Hoy la vanguardia ha perdido su virtud provocativa, ya no se produce tensión entre los artistas innovadores y el público porque ya nadie defiende el orden y la tradición. La masa cultural ha institucionalizado la rebelión modernista” (p. 105) 

Esta institucionalización de la rebelión modernista se da más allá del ámbito artístico, el hedonismo, según el autor, se convierte a través del consumo de masas en el valor central de nuestra cultura.  Y el punto de referencia más crucial, se convierte en el consumo. Este hedonismo antes era patrimonio de una minoría de artistas e intelectuales en su proceso creativo y crítico, pero se convirtió en el comportamiento de las mayorías, que, en vez de buscar sentido o una perspectiva crítica, buscaban bienes de consumo que les han obligado a creer que necesitan para afirmarse a sí mismos. Surge así, en el ámbito artístico, el arte pop.


LA CULTURA DE MASAS Y EL ARTE POPULAR (POP ART)

 

 

Tras la Segunda Guerra Mundial se da el auge del consumismo, como podemos ver en el documental de Adam Curtis, junto a esta tendencia, se origina una tendencia llamada “arte pop”, directamente relacionada con la cultura individualista, consumista y hedonista de la posguerra. Así se da inicio a la posmodernidad. Rechazando la modernidad, rechazando el expresionismo abstracto, rechazando el sentido y el inconsciente. Se busca vaciar de sentido aquello antes considerado sagrado. Se celebra el culto al individuo, el consumismo desmedido, la publicidad, la producción en masa. El Pop Art busca llevar lo popular al ámbito artístico, los productos de supermercado, los cómics, los anuncios, todos aquellos íconos de una sociedad de consumo, podrían ser considerados arte bajo esta corriente. Los ideales de belleza cambian, las ideologías cambian, ahora la belleza estaba en la repetición, en lo mundano, en lo más vendido. 

Las “Latas de sopa Campbell” de Andy Warhol expresan la sociedad de consumo, la producción en masa. Mientras que “El Beso” de Roy Lichtenstein puede ser visto como la representación del hedonismo, ahora propiedad de la cultura de masas. Las latas de sopa son 32 pinturas muy similares, latas de color rojo y blanco, como las originales. El uso de un elemento común que cualquiera podría poseer para convertirlo en arte, era, quizás, un intento por acercar el arte a las masas. No obstante, lo que a mi parecer sucede es que el arte se trivializa, de todas formas, parece ser que Warhol admira la cultura moderna, por eso la idea de hacer arte con objetos cotidianos le habrá parecido atractiva. Asimismo, es una expresión clara de la sociedad de consumo y la producción en masa, varias latas muy similares con tan poca diferencia entre sí, puede ser un símbolo de los individuos en el mar posmoderno. “El posmodernismo aquí consagra el vacío y la repetición, crea un pseudoacontecimiento, se alinea con los mecanismos publicitarios donde la afirmación enfática de la marca basta para designar una realidad incomparable”. (p. 125)

En el caso de la pintura de Lichtenstein, esta parece estar cargada de ironía, al trasladar una imagen de un cómic al lienzo, presenta un retrato de la sociedad de consumo a través de una sátira de la sociedad occidental. Al retratar un beso, quizás también está haciendo alusión a los valores hedonistas presentes en la cultura de masas.

En resumen, el arte moderno y posmoderno ha mostrado ser un reflejo de la cultura, un reflejo de la sociedad de consumo cuyos valores hedonistas y carentes de sentido terminaron por tomar protagonismo de una sociedad donde los estándares de belleza, en mi opinión, carecen de sentido. Sigue siendo arte, en efecto, puesto que representa la sociedad, es una expresión clara de la realidad. Sin embargo, la realidad ha mostrado su extremo individualismo, cuyo narcisismo y superficialidad nos muestra el vacío existente, como diría Lipovetsky, un vacío de sentido que parece querer devorar todo aspecto de la vida, incluso el arte.


Documental de Adam Curtis: 
https://www.youtube.com/watch?v=b9MLzxRGgN8



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