domingo, 11 de julio de 2021

INDIVIDUALISMO EN MASA: Paso del modernismo al posmodernismo en el arte

 

INDIVIDUALISMO EN MASA

Paso del modernismo al posmodernismo en el Arte

 

El individualismo y algunas de sus consecuencias, como el narcisismo o hedonismo, son comportamientos vistos a lo largo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, a finales del siglo XX, podemos percibir cómo la sociedad y la cultura adquieren estas características. El individualismo generalizado, el desapego social y el culto al ego se vuelven consecuencias de una sociedad sumergida en las apariencias y el consumismo. Giles Lipovetsky en “La era del vacío” habla de un incremento notable de estas características al entrar al posmodernismo, relacionándolas a una suerte de vacío, donde las convicciones y las creencias carecen de sustento. La cultura que se ha formado no es solo patológicamente narcisista y hedonista, sino que se hace un culto a la imagen y a la dominación del otro. Esto último se ve en el trato que se comienza a dar al contexto social y natural. Se antepone la necesidad de conquista y dominación por encima de la salud del planeta, el dinero por sobre los recursos naturales.

Asimismo, con el modernismo se da algo similar a través del control y dominación de la población, como nos relata Adam Curtis en el documental “el siglo del individualismo”, se busca una forma de controlar a las masas por medio del consumo, de la creación de necesidades, Edward Bernays, por ejemplo, que descubrió una forma de hacer dinero para las grandes empresas, vinculando los deseos inconscientes con ciertos bienes de consumo, en su mayoría, efímeros e innecesarios. Pero que daban en el consumidor una sensación de poder sobre sí mismo, la libertad se relacionó con el consumo. Cuando en realidad el control social por medio de la psicología de masas solo limita la libertad individual, no obstante, se quería dar la impresión de que uno podía elegir quién ser, ya que los objetos o bienes de consumo te proporcionaban cierto estatus, cierta identidad. Se empieza a creer que uno es lo que tiene, lo que es capaz de comprar. Esto es lo que Adam Curtis llamaría, “la ingeniería del consentimiento”. Una era donde todos necesitan sentirse únicos, diferentes al resto. Este extremo individualismo parece creer que no necesitamos de la sociedad para ser, que no necesitamos integrarnos, solo nos necesitamos a nosotros mismos.

El modernismo es la revolución individualista por la que, por primera vez en la historia, el ser individual, igual a cualquier otro, es percibido y se percibe como fin último, se concibe aisladamente y conquista el derecho a la libre disposición de uno mismo, la que constituye el fermento del modernismo (p. 93)

En este pequeño ensayo veremos cómo estos cambios sociales y culturales afectaron la escena artística a través de movimientos como el expresionismo abstracto y el pop art, como menciona Lipovestky, existe una marcada diferencia entre el modernismo y el posmodernismo que podremos constatar a continuación.

EXPRESIONISMO ABSTRACTO: MODERNISMO

Esta obra de Jackson Pollock está inscrita en el movimiento llamado “expresionismo abstracto”. Este artista revolucionó el arte contemporáneo a través de una reinvención del método de creación con un proceso bastante particular. El método de la acción total. Prescindiendo del caballete, con el lienzo en el suelo, podemos ver una expresión del inconsciente del artista, al dejarse llevar y pintar con una suerte de bombardeo de colores. Donde la falta de imagen y de un foco claro, nos lleva a apreciar la obra en su totalidad. Expresa velocidad, movimiento, caos y creación. Al rechazar el método tradicional, está rechazando el pasado, la tradición, es parte de la modernidad, aunque de forma tardía. Se rechazan las convenciones y la tradición, pero aún no se vacía de significado. Su significado radica en lo insólito, lo racional, lo subjetivo, una suerte de estado salvaje donde el inconsciente y sus secretos se revelan. Aún representa una cierta autenticidad, a diferencia del arte que le sigue.  

“Experimentación que se basa en el sobrepasar los límites del yo, en la exploración de lo que excede lo intencional y deliberado, el arte moderno está obsesionado por el ojo y el espíritu en su estado salvaje (escritura automática, dripping, cut up)” (Lipovestky, p. 100)

Revisemos algunos conceptos de Lipovestky sobre la modernidad. El autor la definirá como una cultura individualista, y el arte moderno lo asocia con la experiencia subjetiva que sobrepasa los límites del yo, que excede la propia intención, donde se rompen las convenciones sumergiéndose en un proceso de “personalización” donde existe una tendencia a abolir estereotipos, de lo real, lo imaginario, el sueño, la razón, la locura, y de alguna forma así lograr emancipar el espíritu, dando rienda suelta a la imaginación y la acción creadora libre y voluntaria.

La relación con el inconsciente me parece importante recalcar, puesto que justo es la intención de personas como Bernays y diversas empresas que comienzan en el mundo de la publicidad, como hemos mencionado, relacionar el consumo con deseos inconscientes fue el origen del consumismo y la sociedad de masas individualista y vacía de sentido. Y en Pollock podemos aún ver sentido, interioridad, contenido, pero al mismo tiempo vemos una exaltación del inconsciente, como una bestia salvaje que ha surgido en la sociedad para quedarse. Aquí vemos el ejercicio creativo por medio de asociaciones libres, análisis del sentido y del sinsentido liberado de toda represión, real o imaginaria.

“Piezas constitutivas de la cultura moderna, el Inconsciente y la Represión son vectores de personalización, de erosión de las divisiones de nuestra representación antropológica: el sueño, el lapsus, la neurosis, el acto fallido, el fantasma ya no pertenecen a esferas separadas, se unifican bajo la égida de las «formaciones del inconsciente» que reclaman una interpretación en «primera persona» fundada en las asociaciones propias del sujeto“. (p. 104)

CONSUMO Y HEDONISMO: HACIA UNA SOCIEDAD POSMODERNA

La modernidad se caracterizaba por una exaltación de nuevos valores, rechazo a la tradición, oda a la innovación. Se basa en la exaltación del yo, el placer, la autenticidad, todo aquello que negara los valores burgueses que antes tan fervientemente se defendían. Se valora la inmediatez, lo subjetivo, lo irracional, todo aquello que provenga del individuo. En cambio, el posmodernismo rechazará el rechazo, hijos de la cultura de masas y la democracia, alimentados de una libertad engañosa producto de una clara seducción, como diría Lipovetsky, y de un control de masas a través del consumo y sus deseos inconscientes, como diría Adam Curtis, así es como se supera al modernismo y sus pretensiones idealistas. Se democratiza el individualismo desmedido, ahora la cultura de la libertad carece de sentido y propósito, sumergidos en una sociedad narcisista cuyo mayor deseo es enaltecer el ego.

“Se acabó la gran fase del modernismo, la que fue testigo de los escándalos de la vanguardia. Hoy la vanguardia ha perdido su virtud provocativa, ya no se produce tensión entre los artistas innovadores y el público porque ya nadie defiende el orden y la tradición. La masa cultural ha institucionalizado la rebelión modernista” (p. 105) 

Esta institucionalización de la rebelión modernista se da más allá del ámbito artístico, el hedonismo, según el autor, se convierte a través del consumo de masas en el valor central de nuestra cultura.  Y el punto de referencia más crucial, se convierte en el consumo. Este hedonismo antes era patrimonio de una minoría de artistas e intelectuales en su proceso creativo y crítico, pero se convirtió en el comportamiento de las mayorías, que, en vez de buscar sentido o una perspectiva crítica, buscaban bienes de consumo que les han obligado a creer que necesitan para afirmarse a sí mismos. Surge así, en el ámbito artístico, el arte pop.


LA CULTURA DE MASAS Y EL ARTE POPULAR (POP ART)

 

 

Tras la Segunda Guerra Mundial se da el auge del consumismo, como podemos ver en el documental de Adam Curtis, junto a esta tendencia, se origina una tendencia llamada “arte pop”, directamente relacionada con la cultura individualista, consumista y hedonista de la posguerra. Así se da inicio a la posmodernidad. Rechazando la modernidad, rechazando el expresionismo abstracto, rechazando el sentido y el inconsciente. Se busca vaciar de sentido aquello antes considerado sagrado. Se celebra el culto al individuo, el consumismo desmedido, la publicidad, la producción en masa. El Pop Art busca llevar lo popular al ámbito artístico, los productos de supermercado, los cómics, los anuncios, todos aquellos íconos de una sociedad de consumo, podrían ser considerados arte bajo esta corriente. Los ideales de belleza cambian, las ideologías cambian, ahora la belleza estaba en la repetición, en lo mundano, en lo más vendido. 

Las “Latas de sopa Campbell” de Andy Warhol expresan la sociedad de consumo, la producción en masa. Mientras que “El Beso” de Roy Lichtenstein puede ser visto como la representación del hedonismo, ahora propiedad de la cultura de masas. Las latas de sopa son 32 pinturas muy similares, latas de color rojo y blanco, como las originales. El uso de un elemento común que cualquiera podría poseer para convertirlo en arte, era, quizás, un intento por acercar el arte a las masas. No obstante, lo que a mi parecer sucede es que el arte se trivializa, de todas formas, parece ser que Warhol admira la cultura moderna, por eso la idea de hacer arte con objetos cotidianos le habrá parecido atractiva. Asimismo, es una expresión clara de la sociedad de consumo y la producción en masa, varias latas muy similares con tan poca diferencia entre sí, puede ser un símbolo de los individuos en el mar posmoderno. “El posmodernismo aquí consagra el vacío y la repetición, crea un pseudoacontecimiento, se alinea con los mecanismos publicitarios donde la afirmación enfática de la marca basta para designar una realidad incomparable”. (p. 125)

En el caso de la pintura de Lichtenstein, esta parece estar cargada de ironía, al trasladar una imagen de un cómic al lienzo, presenta un retrato de la sociedad de consumo a través de una sátira de la sociedad occidental. Al retratar un beso, quizás también está haciendo alusión a los valores hedonistas presentes en la cultura de masas.

En resumen, el arte moderno y posmoderno ha mostrado ser un reflejo de la cultura, un reflejo de la sociedad de consumo cuyos valores hedonistas y carentes de sentido terminaron por tomar protagonismo de una sociedad donde los estándares de belleza, en mi opinión, carecen de sentido. Sigue siendo arte, en efecto, puesto que representa la sociedad, es una expresión clara de la realidad. Sin embargo, la realidad ha mostrado su extremo individualismo, cuyo narcisismo y superficialidad nos muestra el vacío existente, como diría Lipovetsky, un vacío de sentido que parece querer devorar todo aspecto de la vida, incluso el arte.


Documental de Adam Curtis: 
https://www.youtube.com/watch?v=b9MLzxRGgN8



lunes, 16 de noviembre de 2020

Sartre vs. Camus: El sueño de la libertad

Sartre vs. Camus

El sueño de la libertad 




En la Francia del siglo XX se presentaba un conflicto ideológico de lo más interesante, y, por decirlo menos, agitado, digno de una trama cinematográfica. El contexto político era perfecto para la afirmación de ideologías, la formación de amistades y debates intelectuales de alto calibre. Es por ello que el debate político-filosófico-existencial existente entre Jean-Paul Sartre y Albert Camus es tan relevante para entender el contexto de la época. Este es, sin lugar a duda, un debate que siembra, en cualquier filósofo con intereses políticos y tendencias de izquierda, una suerte de cuestionamientos internos, pues ha sido una disputa muy interesante en el marco de la filosofía de izquierdas, además de presentar una clara división de carácter moral. Además, fue un conflicto que terminó –después de 10 años- la amistad de ambos personajes, conflicto generado, en gran parte, a partir de la obra El Hombre Rebelde de Albert Camus y las publicaciones de Sartre en Les Temps Modernes, revista dirigida por él.

A continuación, haré una breve introducción de la disputa entre ambos autores. Para luego intentar realizar una definición de libertad según cada uno de ellos. Después, expondré el debate por medio de la disputa entre la valoración de la Libertad Individual vs Libertad Colectiva, como también entre dos necesidades esenciales la Libertad y la Justicia, que creo yo, era el mayor discernimiento entre ambos autores.

SOBRE LA LIBERTAD

SARTRE

Jean-Paul Sartre fue, principalmente, un filósofo, escritor y político francés. Representante de la corriente existencialista y del marxismo humanista. Se forma en la fenomenología de Husserl y de Heidegger. Escribió también, una gran variedad de obras y novelas, además de ensayos. Rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964, fue pareja de la filósofa Simone de Beauvoir. Sartre era un hombre de compromiso político y moral hacia el mundo, el ser y el arte. Una real celebridad intelectual de su época, colaboró con diversos movimientos sociales, además de participar en conflictos bélicos e incluso ser, por nueve meses, prisionero de guerra de las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial.

Sartre responde a su análisis del ser humano afirmando su naturaleza libre, niega toda clase de determinismo, afirma que somos los dueños de nuestras acciones, pues estas no están determinadas por fuerzas “superiores”. No asume aquí la inexistencia de Dios, pero sí el hecho de que el ser humano no necesita de un Dios para encontrarse a sí mismo y darle sentido a su vida, no necesita a un Dios para responsabilizarlo de nuestras acciones. Somos responsables de quiénes somos, y logramos ser conscientes de nuestra libertad en la angustia que esta nos genera, esta angustia es causada por el miedo y la inseguridad de cargar con la responsabilidad de nuestra propia vida y el riesgo que esto conlleva. Esta angustia se torna conciencia de ser, conciencia de libertad. Es por ello que estamos condenados a ser libres, porque tenemos la responsabilidad de decidir sobre nuestro propio ser.

“El hombre toma conciencia de su libertad en la angustia, o, si se prefiere, la angustia es el modo de ser de la libertad como conciencia de ser, y en la angustia la libertad está en su ser cuestionándose a sí misma” (Sartre, 1954, p. 32)

Es entonces la libertad la que nos define como seres humanos. Es así como Sartre llega a la cuestión de si la esencia precede o no a la existencia. Según el autor la esencia es un conjunto de aspectos que comienzan a definirse cuando el ser practica su libertad y toma las decisiones sobre aquello que decide ser, por lo tanto, la esencia se va formando, después de la existencia, no llegamos al mundo predeterminados, llegamos con conciencia, esta conciencia es posibilidad, posibilidad de libertad. Incluso si decidimos no usar la conciencia y cedemos nuestra libertad a algún otro, pues aun así, estaríamos tomando una decisión, al fin y al cabo, libre. 

¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, como tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Solo será después y será tal como se haya hecho. Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. (Sartre, 1954, p. 31).

En este sentido, Sartre también, como máxima expresión del existencialismo, nos describe por qué el existencialismo es un humanismo. Al afirmar que existen dos tipos de humanismos, el clásico y el existencialista. El existencialista es aquél que afirma que, después del impulso de existencia, el ser es un ser en proceso, que se elige a sí mismo y se hace a sí mismo. No es solo cómo se concibe, sino cómo quiere ser.

Sartre especifica también que existen dos tipos de seres, los seres en sí y los seres para sí. Los seres en sí son fijos y no pasan por transformaciones que modifiquen su esencia (como una roca o una silla, por ejemplo). Mientras que los seres para sí son un proyecto constante, cuya naturaleza no es inmutable, sino una proyección. Los seres humanos son seres para sí. Cladakis, en su artículo “Ontología, acción y verdad” nos comenta sobre cómo el ser para sí tiene como característica principal su ausencia del ser.

En este punto, se presenta una de las características fundamentales del ser para–sí: su ausencia de ser. Aunque resulte paradójico, el ser para–sí es la región el ser que no es. El ser para–sí es revelación de los existentes, pero también trascendencia de dichos existentes. Asimismo, su trascendencia es también trascendencia con respecto a sí mismo. El ser para–sí, como trascendencia constante de sí mismo y de los demás existentes, se encuentra desprovisto de ser. (Cladakis,  2015, p. 14)

Sartre equipara la Nada al No-ser, sosteniendo que el ser y el no ser son contrarios. Pero es el ser lo originario, ya que la nada implica una negación del ser y para que haya una negación antes es necesario que exista una afirmación. Siendo la nada relativa al ser mismo, surgiendo de él. Pues para ser creador de la nada, el ser humano debe albergar en sí mismo la nada. Por lo tanto, aquello que identifica al ser es su indeterminación, su libertad.  

Asimismo, Sartre afirma que el ser para-sí se caracteriza por la tendencia a la nada, al otro y al ser. Descubriendo su tendencia a la nada a través de la conciencia de libertad. Siendo la esencia del ser humano su propia libertad, su indeterminación.  Por otro lado, en su obra, El ser y la Nada, Sartre nos relata una especie de límite a la propia libertad a partir del surgimiento del Otro, que influye en nuestras elecciones y determina ciertas situaciones que en realidad no hemos elegido. Entonces afirma que “la existencia del otro aporta un límite de hecho a mi libertad” (1954, p. 321) Sin embargo, a pesar de que se imponga una manera de ser donde nuestra libertad no sea el fundamento, es la existencia del otro la razón de esta limitación, nuestra libertad termina cuando empieza la libertad del Otro. Es así como el único límite a la libertad está dentro de la propia libertad. De esta forma no habría una real limitación en la idea de libertad, solamente habría una extensión de la misma determinada por la inclusión de uno o varios Otros.

Pero estos límites externos de la libertad, precisamente por ser externos y no interiorizarse sino como irrealizados, no serán nunca un obstáculo real para ella, ni un límite padecido. La libertad es total e infinita, lo que no significa que no tenga limites, sino que no los encuentra jamás. (Sartre, 1954, p. 326)

CAMUS

Camus expresa su noción de libertad de muchas formas, con sus textos académicos, artísticos y con sus propias acciones, por ejemplo siendo parte de la rebelión francesa durante la ocupación alemana. En el Hombre Rebelde describe como la rebeldía y el valor son comportamientos esenciales en el hombre, logran darle un sentido al ser. El valor de la rebeldía debe encontrarse en cada acción, la rebeldía se lleva en el alma. Este libro abre una gran cantidad de cuestionamientos sobre los movimientos rebeldes de la época, porque cada movimiento puede simular una causa justa, pero como cada movimiento tiene su propia esencia particular, estas no son necesariamente justas en sí. En El Mito de Sísifo, Camus se centra en el absurdo de nuestra vida cotidiana, afirma que el absurdo se manifiesta en la consciencia del carácter incomprensible de la vida. El hombre absurdo no encuentra sentido al mundo y sabe que si existiera tal sentido, no podría acceder a él. Este hombre al percibir el carácter absurdo de su vida se siente enfurecido, pues comprende que nunca había sido realmente libre. No obstante, aun así decide seguir adelante y asumir ese conflicto como una misión permanente, asumir entonces una actitud de rebeldía.

El hombre absurdo se siente desligado de todo lo que no es esa atención apasionada que cristaliza en él. Disfruta de una libertad con respecto a las reglas comunes. Se ve en esto que los temas de partida de la filosofía existencialista conservan todo su valor. La vuelta a la conciencia, la evasión del sueño cotidiano son los primeros pasos de la libertad absurda. (…) El hombre absurdo entrevé así un universo ardiente y helado, transparente y limitado en el que nada es posible pero donde todo está dado, y más allá del cual sólo están el hundimiento y la nada. Entonces puede decidirse a aceptar la vida en semejante universo y sacar de él sus fuerzas. (Camus, 1985, p. 31)

La rebelión se desarrollaría como una confrontación continua entre el ser y el mundo y la presencia de un cuestionamiento constante frente a todo lo que es visto como evidente. La rebelión es la forma de vivir que supera al suicidio, pues el ser existe pese a la conciencia del absurdo. Por lo tanto, la rebelión sería la única opción –aparte del suicidio- para sobrellevar este castigo absurdo de la existencia. Siendo así, una forma de enfrentamiento y aceptación del absurdo y nuestra actitud ante él como el sentido de nuestra existencia.

El hombre rebelde es la actitud del hombre absurdo en su relación con la sociedad, con lo que lo rodea y con lo que es, si bien el hombre absurdo es aquel que se emancipa de sus principios y comienza una nueva visión de su existencia, como representa el mito de Sísifo con el hombre absurdo sentenciado al castigo de la existencia ,solo le queda una postura y esta es la rebeldía, el hombre que desprecia su castigo (en este caso la existencia absurda) y lleva su tarea con la mejor actitud posible (Astete, 2015, p. 8)

Es así como el hombre rebelde termina siendo la actitud del hombre absurdo en su relación con la sociedad y el mundo que le rodea, claro, este ahora consciente de su absurda tarea, decide llevarla de la mejor manera posible. El rebelde se cuestiona sobre sí mismo y el mundo en el que vive, es el ser oprimido que se vuelve consciente de su situación y vive disconforme frente a ella se alza contra el sistema que dirigía su vida contra su voluntad. Para Camus es este hombre rebelde el que finalmente es un ser libre. Pues ahora se ve a sí mismo como dueño de su destino, pues a pesar de estar condicionado tiene ahora la consciencia para rebelarse ante lo que se le imponga.

Es entonces la rebelión consciente y la protesta valiente ante la realidad absurda que nos oprime, la única manera de que el ser llegue a ser libre realmente.  En este sentido, Camus (1951) afirma que “la rebeldía es propia del hombre informado, que posee la conciencia de sus derechos. Pero nada nos permite decir que se trata únicamente de los derechos del individuo” (p. 18).  Aquí, al referirse a que la conciencia de los derechos no se da meramente de forma individual, es interesante observar como una de las principales preocupaciones de Camus era conciliar su pensamiento individual con el pensamiento colectivo de la época, puesto que su noción de rebeldía estaba muy ligada a las circunstancias sociales de su entorno. Afirmaba que la rebeldía se hallaba justificada su complicidad con la solidaridad puesto que “La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebeldía” (p. 18), además que esta solidaridad solamente cobra vida a través de la rebeldía, gracias a ella el colectivo puede ser en su conjunto. Es por ello que afirma que toda rebeldía que ponga en riesgo esta solidaridad pierde su status de rebeldía y “coincide en realidad con un consentimiento criminal” (p. 19). Esta idea está relacionada con el conflicto principal que Camus señalaba sobre el debate entre Libertad y Justicia. Razón que más adelante desencadenaría en un interesante conflicto ideológico que definiría su amistad con Sartre para siempre.

CONFLICTO IDEOLÓGIGO

Como hemos visto, tanto Sartre como Camus expresaban una auténtica preocupación sobre la libertad del ser, sin embargo, Sartre era indudablemente marxista y sus ideas partidarias lo llevaron a extremos que Camus no estaba dispuesto a cruzar. Desde un punto de vista más abstracto, empezaremos a entender esta disputa a partir del concepto de libertad y de justicia, para luego pasar a explicar los dilemas morales específicos y materiales que llevarían a su ruptura como compañeros intelectuales de izquierda.

La libertad para Camus, como hemos mencionado, se da a partir de la rebelión. Pero sí, el autor admite que no existe una Libertad posible para la persona encadenada al trabajo y esclava de los caprichos del sistema que lo oprime. Pero esto lo que condenaría sería a la sociedad, al sistema, según Camus, no a una clase en especial y menos debería poner en riesgo la idea misma de Libertad, está claro que para el autor el impulso por la justicia no puede sobrepasar el límite de la libertad.

La justicia absoluta niega la libertad. Para ser fecundas, ambas nociones deben hallar sus límites la una en la otra. Ningún hombre considera su condición libre, si, al mismo tiempo, no es justa, ni justa si no se siente libre. Precisamente, la libertad no puede imaginarse sin el poder de decir con claridad lo justo y lo injusto, de reivindicar el ser entero en nombre de una parcela de ser que se niega a morir. Existe, por último, una justicia, aunque muy diferente, en restaurar la libertad, único valor imperecedero de la historia. Los hombres nunca mueren bien si no es por la libertad: entonces no creían morir del todo. (Camus, 1951, p. 205)

Albert Camus estaba profundamente preocupado por las causas rebeldes de la época, puesto que afirma que la Justicia es la que se ha visto como necesaria mientras que la Libertad sería una necesidad posterior. El autor del hombre rebelde afirmaba que tanto la justicia como la libertad eran exigencias del principio del movimiento de rebeldía, pero la historia de las revoluciones nos mostraría cómo estas exigencias entran siempre en conflicto, como si fueran irreconciliables entre sí. Como si la justicia absoluta significara la destrucción de la libertad. 

La revolución se propone, primero, satisfacer el espíritu de rebeldía que le ha dado nacimiento; se obliga a negarlo, después, para afirmarse a sí misma mejor. Hay, al parecer, una oposición irreductible entre el movimiento de la rebeldía y los logros de la revolución. (1951, p. 203)

Volviendo a la discordia en concreto entre los existencialistas Camus y Sartre, ambos intelectuales, militantes de izquierda y artistas. Dos personalidades con mucho en común, pero lamentablemente sus diferencias ideológicas los colocaron en lados opuestos de un debate que reflejaba la crisis política de la sociedad. Sartre era un fiel partidario del modelo socialista, el cual consideraba moralmente superior al modelo capitalista. Camus entendía esa opresión y estaba dispuesto a rebelarse ante ella, pero no estaba dispuesto a cruzar el límite de la libertad para conseguirlo, no aprobaba la violencia revolucionaria como forma de impulsar la historia en el camino de una utopía de justicia absoluta.  Este conflicto, según Camus, requería un constante balance y análisis de los límites, los límites que deberían estar centrados en la humanidad y su derecho a la libertad. 

Esta disputa se dio inicio con la publicación de Camus de El hombre rebelde, un ensayo donde cuestionaba los movimientos revolucionarios de la época, afirmando el surgimiento de regímenes (refiriéndose a la Unión Soviética) que utilizaron la causa emancipadora para tomar el poder mediante la represión social, tomando medidas devastadoras y pasando, así, de ser víctimas a victimarios.

Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total, o sea el crimen y la violencia. Las rebeldías serviles, las revoluciones regicidas y las del siglo XX han aceptado así,  conscientemente, una culpabilidad, cada vez mayor, en la medida en que se proponían instaurar una liberación cada vez más total. Esta contradicción, hecha manifiesta, impide a nuestros revolucionarios tener el aire de felicidad y de esperanza que brillaba en el rostro y en los discursos de nuestros Constituyentes. (1951, p. 79)

Este ensayo fue duramente criticado por Sartre en las cartas que ambos compartieron y que fueron publicadas en Les Temps Modernes, una revista que él mismo dirigía. Cartas en las cuales Sartre llegaba hasta a burlarse de la capacidad intelectual de Camus y declaraba por finalizada su amistad. Sartre reafirmó que sí era posible el equilibrio entre justicia y libertad, esta se conformaba mediante el logro del comunismo, ya que bajo la opresión capitalista y la pobreza, era imposible que los trabajadores sean realmente libres, puesto que sus elecciones se limitaban en consumirse en un trabajo alienante por el resto de sus días o simplemente dejarse morir. El comunismo lo que permitiría sería que cada persona viva sin carencias que no le permitan realizarse. Pero es allí donde Sartre sí opinaba que el comunismo requería de violencia revolucionaria para conseguir destruir el orden existente. Este debate de si se justifica la violencia por un fin mayor de justicia era el debate que sacudía los movimientos de izquierda en ese siglo tan convulsionado. Esto se debe a que para Sartre la libertad a la que estamos condenados nos condena también a la responsabilidad, el hombre libre es por consiguiente responsable “el momento en donde vemos la libertad no como algo ajeno, sino como algo propio en donde las acciones tampoco se encuentran ajenas a nosotros, somos responsables, somos libres y nosotros elegimos que queremos de nuestra existencia” (Astete, 2015, p. 27) Es decir, somos libres, por lo tanto, somos responsables, no solo de nosotros sino de nuestro entorno.

Como hemos visto, la disputa entre Camus y Sartre no era de carácter literario, sino ideológico. Debate basado en un claro cuestionamiento del precio de la justicia y de la importancia de la libertad. Sartre veía a la libertad del colectivo como lo más importante, mientras que Camus se centraba en la libertad individual, pues podría ser que la lucha termine por no lograr la libertad colectiva, luego de, sin embargo, violar las libertades de miles de personas.

Para Camus este sueño revolucionario encontró sus límites en la no concreción histórica, y convirtió el horizonte de la liberación en una divinización. El materialismo se apoya en la fe, más que en las condiciones históricas reales, convirtiéndose en una utopía religiosa que fuerza el devenir de los acontecimientos en pos del fin de la historia. Finalmente, el legado de la revolución y el siglo de las luces, termina en la Europa del toque de queda. De esta manera, las políticas represivas y violentas del sistema político ruso y sus campos de concentración, realizaron el paso del gobierno de las personas a la administración de las cosas. (Mayer, 2015, p. 6)

CONCLUSIONES

COMPROMISO MORAL

Es notorio el compromiso moral que compartían ambos autores, Sartre, con su idea de libertad como responsabilidad, como deber que conduce a la reflexión y comprensión de nuestra realidad y, por lo tanto, de nuestra sociedad. Esta comprensión debe trascender a tal punto de promover un cambio cuando este es requerido, pues la verdadera comprensión descansaría sobre el espíritu de compromiso, porque al igual que el sujeto se elige a sí mismo, debe elegir el mundo en el que se encuentra. De todas formas, toda idea de moralidad solo puede fundarse sobre un sujeto libre y no podemos ser libres si no somos éticamente responsables y eso implica una responsabilidad que sobrepasa la esfera individual: “cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres” (Sartre, 2007, p. 33). Esta interpretación de Sartre sobre la libertad nos invita a ser libres para luchar por una sociedad auténtica, que vele por la esencia formada de un ser que se ha construido a sí mismo, sin ataduras que lo opriman.

Por otro lado, Camus muestra su compromiso moral al cuestionar los movimientos rebeldes, puesto que a pesar de considerarse una persona de izquierda, consideraba más importante ser honesto –a pesar de que esto lo lleve a ser tildado de antirrevolucionario- y revelar los problemas que él encontraba en los movimientos que luchaban por la emancipación del hombre. Puesto que los consideraba contradictorios, pues presentaban un riesgo a la propia libertad del ser.  Camus no creía que una idea podía ser superior al individuo, por lo tanto la idea utópica de justicia no podría merecer la violencia y la opresión que estaba desencadenando.

Cuando el fin es absoluto, es decir, históricamente hablando, cuando se lo cree cierto, se puede ir hasta sacrificar a los otros. Cuando no lo es, sólo se puede sacrificar a uno mismo, en la apuesta de la lucha por la dignidad común. ¿El fin justifica los medios? Es posible. Pero ¿quién justificará el fin? (Camus, 1951, p. 206)

El contexto histórico en el que se encontraban ambos autores los llevaron a marcar su pensamiento en base a los sucesos de la época, a tomar o no partido por el stalinismo, por ejemplo. El hecho de que hayan diferido ideológicamente no remueve en lo absoluto el compromiso moral que ambos compartían para con la realidad que les rodeaba. Sin embargo, sí colaboró a que el debate que ya estaba inserto en la mente de muchos que reflexionaban sobre el proceso histórico que el marxismo habría asegurado. De todas formas, ambos autores utilizaron tanto la filosofía como el arte de la literatura como forma de expresar y debatir sus ideas, con el fin de, quizás, lograr mover y transformar al mundo.

REFLEXIÓN PERSONAL

Es necesario comprender a ambos autores desde el punto de vista del contexto, podemos, actualmente, coincidir con uno de ellos, pero no estar del todo seguros de que si estuviéramos en la misma situación –en ese caso la al parecer inminente derrota del capitalismo- pensaríamos de la misma forma. El pensamiento depende mucho de lo que está en juego y de cuánto realmente nos importa lo que está en juego. Con esto en mente, quizás en ese momento histórico mi pensamiento hubiera estado más cercano al de Sartre, desde el punto de vista enmarcado en la posible victoria del socialismo. Sin embargo, la historia nos ha mostrado que no existe en ella un curso esquematizado, de la misma forma como no podemos estar seguros de que si el fin que buscamos al final no terminaría siendo igual de déspota o corrupto que aquél que juramos derrocar. En este sentido veo más necesario priorizar las necesidades del ser humano y de la sociedad en base a aquello que sí se puede ir midiendo a través de cada proceso de cambio. Procesos indudablemente necesarios para el progreso del ser humano. Esto es, la libertad. Con libertad también nos referimos a la libertad de hacerse a uno mismo, de rebelarse, de cuestionarse y, principalmente, la libertad de aquél que se rehúsa a ser esclavo del sistema que lo oprime tan vorazmente. Para lo cual, es cierto, necesitamos justicia.  

Albert Camus eligió la libertad, Sartre, eligió la justicia. Lo ideal sería, sin duda, haber encontrado un equilibrio entre ambas ideas, igual de importantes para la dignidad del ser humano. Personalmente, considero que es posible la existencia de una lucha que contemple ambas necesidades, pero esta no puede basarse en el terror, ni en la violencia. Sin embargo, es cierto que no es posible si no existe la educación suficiente para que los seres sean conscientes de las contradicciones del sistema capitalista. También es cierto que los escases de oportunidades y la necesidad material impiden un cuestionamiento de estas contradicciones, y puede, por lo tanto, impedir que el ser humano siquiera se pregunte por la libertad. Porque si lo hiciera, percibiría que solo es libre aquél que se rebela. Como bien dijo Camus. Aquí el debate principal está, a mi parecer, entre la libertad individual y la libertad colectiva. Podemos ser libres, pero ¿lo puede ser todo el mundo? Si es necesario la Justicia para poder ser libres realmente, ¿Cómo podemos optar por alcanzar la justicia removiendo al colectivo de su libertad?

Es cierto que hay justicia en el impulso por la emancipación, porque la rebelión es necesaria, pero, para que esta sea impulsada de forma auténtica, la libertad es imprescindible. Es necesario contemplar los medios por los cuales se quiere llegar a cierto fin, porque si el fin no está asegurado, los medios ya efectuados –muchas veces terribles- habrían de repente perdido todo sentido. Es entonces menester buscar una forma de equilibrar ambas necesidades del ser humano, puesto que una no tiene sentido sin la otra. No existe una verdadera libertad sin justicia y no existe verdadera justicia sin libertad.


BIBLIOGRAFÍA

Astete, J.P. (2015)  Sartre y Camus: Existencialismo, Libertad y Acción. Santiago de Chile: Facultad de Filosofía y Humanidades  Universidad de Chile

Camus, A.  (1951). El Hombre rebelde. España: Editorial Titivillus

Camus, A. (1985). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial, S. A.

Cladakis, M. (2015). Ontología, acción y verdad. De El ser y la nada a Verdad y existencia. Buenos Aires: Escuela de Humanidades Universidad de San Martín

Mayer, L. (2015). ). Dos caras de lo que en apariencia es lo mismo: debate entre Sartre y Camus. CUADRANTEPHI NO. 28. Facultad de Filosofía Universidad Nacional de General Sarmiento. Recuperado de https://www.javeriana.edu.co/cuadrantephi/zona-articular/pdfs/N.28/Debate%20Sartre-Camus%20(parametrizado).pdf

Sartre, J. P. (2007). El existencialismo es un humanismo. Barcelona: Editorial Edhasa

Sartre, J. P. (1954). El ser y la nada. Buenos Aires: Iberoamericana

Polémica Sartre-Camus. (1999).  Editado por: elaleph.com.

miércoles, 29 de enero de 2020

Hacia una revolución democrática



HACIA UNA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

Una crítica a la democracia liberal y su responsabilidad en la formación de una sociedad fragmentada



1.
      INTRODUCCIÓN

La historia de la filosofía se ha visto siempre frente a grandes relatos cuya veracidad es escasamente cuestionada. La pretensión de universalidad, ligada a un esencialismo representa esta perspectiva que ha desarrollado numerosas formas. En el siglo XX teníamos el positivismo, iniciado por Comte, y su pretensión de conocimiento exclusivo a través del método científico. Esta concepción dio lugar a las sociedades modernas de hoy. La filosofía a través de diversos autores, incluyendo algunos que indicaremos en este ensayo, se ha visto en la obligación de realizar una crítica a que esta razón instrumental tenga predominio frente a otras formas de acción o conocimiento. Los representantes de la escuela de Frankfurt, por ejemplo, han visto en la automatización de la acción social una tendencia instrumental que ha soslayado una parte muy importante de la interacción humana, incluso ha pretendido un dominio sobre la naturaleza a través de la ciencia. 


Los críticos de la modernidad han visto como realizar un análisis de la sociedad capitalista moderna desde una perspectiva Hegeliana con aportes de autores como Marx y Freud. Se ha detectado como en la sociedad contemporánea se muestra una clara crisis en el ámbito del reconocimiento social. La Teoría Crítica y su correspondiente análisis de la razón instrumental y la búsqueda de una racionalidad que pretende ser objetiva, da lugar a una suerte de contemplaciones sobre la democracia actual, incluso la democracia deliberativa propuesta por Habermas presenta ciertas problemáticas por esa misma pretensión de objetividad a partir de un consenso supuestamente racional.


Sin lugar a duda, debemos considerar el contexto en el que la democracia se desarrolla, también, debemos considerar las emociones en la praxis política, como explicaremos más adelante, con la ayuda de Chantall Mouffe y su intento por reivindicar el conflicto en el contexto democrático. No es posible volver a la tendendencia totalizadora de un sistema imposible de ser cambiado. Cuya pretendida funcionalidad excluye a diversos integrantes de la sociedad. Como veremos más adelante con el análisis de Honneth sobre el reconocimiento social.


En otras palabras, la pretensión de conocimiento absoluto propio de las ciencias tradicionales por medio de su método científico, ha probado ser relativo con respecto a un conocimiento social, cultural, puesto que los seres humanos no somos números o instrumentos medibles. Aquí podríamos recordar a Heidegger y su crítica a la racionalidad técnica o a Horkheimer y su crítica a la razón instrumental. Por lo que ahora debemos introducirnos a un análisis de la democracia liberal existente en la sociedad actual que también pretende ser la forma “correcta” de llevar la política actual.


“El juicio categórico es típico de la sociedad preburguesa: así son las cosas, el hombre no puede cambiar nada. (…) La teoría crítica declara: las cosas no tienen que ser necesariamente así, los hombres pueden transformar el ser, ahora están dadas las condiciones para ello.” (Horkheimer, 2000, p.62)


2.      CRÍTICA A LA DEMOCRACIA LIBERAL

En este apartado tocaremos la crítica a la democracia liberal representada por autores como John Rawls y Jurguen Habermas, basándonos en la obra de Chantall Mouffe, sobre todo en su libro El retorno de lo político (1999). También harems uso de un ensayo de Michael Sandel para la crítica hacia el planteamiento de Rawls en su libro “La justicia como equidad”.  

La crítica de Chantall Mouffe a la teoría liberal consiste en cómo se ha intentado evitar la relación intrínseca entre la política y el conflicto, más bien, se ha dado énfasis en el procedimentalismo y en la teoría de que es posible llegar a un cierto consenso, el consenso racional de John Rawls basado en principios racionales de carácter universal, o la democracia deliberativa de Habermas donde se considera posible elaborar procedimientos necesarios que permitirían un acuerdo racional que disuelva las diferencias, sin suponer ningún tipo de exclusión.

La preocupación de Mouffe por la pérdida de lo que ella denomina “dimensión de antagonismo”, donde el conflicto es ahora constantemente evitado, convirtiendo a la política en un conjunto de procedimientos deliberativos que han vuelto unilaterales las decisiones del Estado, atentando contra el sentido mismo de la democracia, pues la libre elección entre alternativas no elegidas no es un procedimiento en efecto libre. Se ha asumido la posibilidad de llegar a un consenso racional por medio de estos métodos deliberativos afirmando algo que es en realidad imposible dada la naturaleza humana y la naturaleza misma de lo político, que existen decisiones que puedan ser tomadas desde un punto de vista imparcial. La teoría liberal más que una teoría política es una teoría económica de competencia, donde se asume también criterios morales inamovibles en busca del consenso racional que tendría como consecuencia la exclusión de algunos considerados irracionales por no estar de acuerdo con estos principios liberales.


RAWLS


Podemos observar esta pretensión de imparcialidad universal en la obra de John Rawls, más específicamente en su texto La justicia como equidad: Una reformulación nos muestra su modo de concebir la justicia como imparcialidad a través de dos conceptos, el Velo de la Ignorancia y la Posición Original. Esta última es una condición fundamental para acceder a esta clase de justicia, esto se debe a la tesis de que una sociedad solo sería justa si su estructura se basa en principios elegidos de forma libre, entre personas libres e iguales, concepción que Rawls admite es meramente normativa. La justicia debe ser desprovista de intereses particulares, debe tener un carácter universal. Según el autor, las diferencias, los puntos de vista, los intereses personales, solo nos aleja de un acuerdo justo que permita llegar a los principios de justicia que sean parte de la estructura básicas de la sociedad, sirviendo como respuesta a la cuestión fundamental de la filosofía política, como dice Rawls, dentro de un régimen democrático y constitucional.


John Rawls intenta, por medio de conceptos teóricos y razonables, encontrar una forma de proceder dentro de la justicia política que promueva un régimen de libertad e igualdad. Para ello, nos muestra la posición original como un punto de vista necesario a desarrollar si se pretende llegar a decisiones realmente justas que impidan la obstrucción causada por intereses particulares, a través de lo que él denomina el Velo de Ignorancia, podríamos llegar a abstraernos de nuestras ventajas o desventajas para buscar soluciones que beneficien al colectivo. Es de esta forma, también, cómo podríamos llegar a acceder a estos principios de justicia fundamentales para la existencia de una sociedad democrática y liberal.

En el ensayo “La república procedimental y el Yo desvinculado” Sandel afirma que vivimos dentro de un sistema dominado por el liberalismo, cuyo exponente más elaborado, encuentra en Rawls y cuyos fundamentos filosóficos provienen de Kant. Este liberalismo intenta, a través de sus leyes, proporcionar una sociedad justa donde los ciudadanos puedan ser libres de buscar sus propios fines mientras no interfieran en el principio de libertad de los demás. Sandel afirma que este ideal se podría resumir en la tesis de que “lo correcto es previo a lo bueno” (2008, p. 214), donde los derechos y libertades individuales no pueden ser sacrificados en nombre del bien general, y que estos principios de justicia no deben presuponer una visión particular del bien o de la vida buena. Y la crítica de Sandel a esta visión liberal de la justicia inicia reconociendo su atractivo y poder filosófico, pero también considera que la tesis que le da prioridad a lo correcto sobre lo bueno no es una tesis sostenible, por lo que también reconoce en el ideal liberal su claro fracaso filosófico. Sin embargo, a pesar de este fracaso, como denomina Sandel, esta es la doctrina en la cual estamos sumergidos y en la cual vivimos, a pesar de su insostenibilidad, además “es la teoría que más se ha materializado en las prácticas y las instituciones centrales de nuestra vida pública” (2008, p. 215).


Sandel señala que existe una concepción determinada del ser humano y de su moralidad. Puesto que la concepción liberal no son meros principios reguladores de carácter universal, sino que también parten de una perspectiva particular del mundo y del ser humano. Por lo tanto, se asumiría como universal una posición particular, lo cual sería éticamente peligroso, aunque persuasivo. Sandel considera que esto se debe, en su raíz, a “la esperanza y el fracaso de un sujeto individual desvinculado” (2008, p. 215).


De este modo, el autor explica cómo el ideal liberal de Rawls, al no considerar al sujeto y las diferentes concepciones particulares, es decir, al no respetar la posibilidad de elección de los ciudadanos con relación a sus propias concepciones, se les está tratando como objetos y no como sujetos, viéndolos ya no como un fin en sí mismo, sino como un medio. Esta posición teórica parte de la idea del Velo de la Ignorancia, donde no tenemos conocimiento de nuestra propia posición en el mundo, social, económica, étnica, etc. Tampoco tendríamos conocimiento de nuestros intereses, metas o concepciones del bien. Tras este velo seríamos capaces de elegir principios de justicia adecuados, donde claro, según Rawls, no se basan en la presunción de ningún fin en particular. Pero justamente, nos dice Sandel, esta propuesta de la Posición Original presupone la imagen de un Yo-desvinculado. Es decir, de un sujeto anterior a sus circunstancias, independiente de sus objetivos o fines. Asumiendo entonces un distanciamiento entre los “valores que tengo y la persona que soy” (2008, p. 220). Además, esa distancia serviría, según Sandel, para descartar la posibilidad de aquellos fines que él denomina constitutivos. En este sentido, Sandel afirma que esta independencia del Yo tiene consecuencias en la clase de comunidad que podemos constituir, si comprometemos la propia identidad y los intereses particulares en nombre de un Yo-desvinculado, por ejemplo. Sin embargo, dice el autor, las personas deben estar vinculadas con sus circunstancias para poder darle a la justicia ese carácter primordial que requiere.



HABERMAS


En relación a la crítica Habermasiana realizada por Mouffe, volvemos a la interrogante de si debemos considerar la democracia como un sistema que busca, a través del orden político y la esfera deliberativa, el consenso; o, más bien, si la democracia debe ser entendida, como diría Mouffe, como una democracia agonista donde se valore a dimensión conflictiva propia de lo político. La perspectiva crítica está dirigida también a la defensa de la racionalidad y la validez universal de la teoría política liberal. Mouffe no considera democrático la universalización forzada del modelo occidental liberal, que ella considera apolítico. En este sentido, la autora afirma que el pensamiento político de inspiración liberal-democrático es incapaz de comprender la naturaleza misma de lo político.


“En esas actitudes, el pensamiento político de inspiración liberal democrática revela su impotencia para captar la naturaleza de lo político. (…) En la medida en que esté dominada por una perspectiva racionalista, individualista y universalista, la visión liberal es profundamente incapaz de aprehender el papel político y el papel constitutivo del Antagonismo” (Mouffe, 1999, p. 12)


De todas formas, la mayor parte de la crítica específica hacia Habermas está dirigida al planteamiento que supone a través de la comunicación lograr una base consensual. Para lo cual este realiza su Teoría de la Acción comunicativa. El supuesto que haría posible este consenso se encontraría en su formulación del Mundo de la Vida como horizonte común con pretensiones de validez universales. La Teoría de la acción comunicativa constituye en la interacción de dos sujetos capaces de comunicarse mediante símbolos (lenguaje) y acciones, la interacción sujeto a sujeto. Esta acción se sitúa en el mundo de la vida y en la interacción con los demás sujetos. Por lo que se encuentra en la región intersubjetiva, junto a los procesos comunicativos que permiten a los interlocutores llegar a un consenso determinado.


Al igual que Mouffe, discrepo que sea posible lograr un consenso en el ámbito de la política por lo anteriormente mencionado, gracias al pluralismo existente en el mundo moderno y la dimensión de antagonismo intrínseco a la naturaleza de lo político. La única forma de realizar tales pretensiones sería, por lo tanto, excluyendo a un grupo determinado de personas. Sin embargo, es importante destacar que si existe el reconocimiento de identidades colectivas la distinción entre ellos/nosotros no debería incluir necesariamente el aniquilamiento de una de las partes, se pueden reconocer entre sí para dejar de ser enemigos para transformarse en adversarios.  


“Esta tarea, contrariamente al paradigma de «democracia deliberativa» que, de Rawls a Habermas, se intenta imponernos como el único modo posible de abordar la naturaleza de la democracia moderna, no consiste en establecer las condiciones de un consenso «racional», sino en desactivar el antagonismo potencial que existe en las relaciones sociales. Se requiere crear instituciones que permitan transformar el antagonismo en agonismo” (Mouffe, 1999, p. 13)


Una clara muestra de los problemas existentes en el marco de la pluralidad del sistema democrático liberal, sería las diversas formas de protestas que se están viendo en las sociedades modernas de esta índole, donde se dan muestras claras de minorías (y en algunos casos, mayorías) descontentas, finalmente atreviéndose a hacerse escuchar, puesto que no han encontrado anteriormente espacios donde expresarse. Como las feministas o los grupos lgtbq+, estos se han visto excluidos del sistema político y de las decisiones públicas. O los grupos ambientalistas por ejemplo, han visto muy difícil la implementación por parte de los gobiernos de políticas ambientales sin importar la urgencia que esto supone, sin contar las grandes mayorías marginadas en países subdesarrollados que no reciben la atención necesaria con respecto a sus necesidades más básicas, no se les toma en cuenta incluso considerando que son los más afectados por la desigualdad propia de sistema económico. Esta falta de reconocimiento y tendencia a la marginación de ciertos sectores sociales sucede, claramente, porque va en contra de los intereses de las clases hegemónicas. En este sentido, la autora propone el fortalecimiento de las instituciones que permitan la creación de identidades colectivas que favorezcan el respeto al otro y al pluralismo en la sociedad. Donde todos tengan no solo voto, sino también voz. 


Asimismo, la autora nos relata la falta de oportunidades dentro de la democracia para el surgimiento de una identidad colectiva, esto se debería a que la democracia liberal no propiciaría espacio suficiente para la expresión de un pluralismo dentro del ámbito político. Por lo que se manifiestan conflictos étnicos, raciales y religiosos, ya que los ciudadanos buscarían otras formas de identificación, como las ya mencionadas. Negando entonces su oponente, volviéndolo enemigo y ya no adversario. “es urgente redefinir la identidad democrática y eso no puede hacerse sino a través del establecimiento de una nueva frontera política. Pero es precisamente eso lo que una perspectiva racionalista y universalista impide comprender” (Mouffe, 1999, p. 12).


Por lo tanto, podemos afirmar que el liberalismo es un discurso racionalista, individualista y universalista que, basado en un supuesto consenso racional, busca erradicar la dimensión de antagonismo. Sin embargo, como hemos visto, este consenso no es un consenso real, sino la hegemonía de un modelo político y económico unilateral, que busca apagar los conflictos existentes en la sociedad por ser incapaz de entender el pluralismo que los genera. La autora considera prioritario reconocer la dimensión de antagonismo para poder analizar los conflictos de una manera pertinente. Vivimos en un mundo pluralista, con diversos enfoques, no todos racionales. El conflicto es parte inamovible de la naturaleza de lo político, es necesario no ignorarlos porque al hacerlo se ignora a muchos, además, se oprime constantemente a cualquiera que contradiga estos principios dizques racionales.


La autora es consciente que estos límites del pensamiento político liberal solo pueden entenderse dentro de la crítica al esencialismo, pues esta clase de pensamiento "dependería de una ontología implícita que concibe el ser bajo la forma de presencia" (p. 14), esta forma de esencialismo, esta "metafísica de la presencia" reduce la dimensión antagónica a una simple diferencia, percibiendo esta dentro del nivel de la mera apariencia, además de restringir la posibilidad de los movimientos político-estratégicos que no son compatibles con este consenso racional y su supuesta "objetividad" social. En eso consiste el pensamiento liberal clásico, en esta forma de ver el antagonismo como una mera diferencia superficial o aparente.  


En este sentido, Mousse afirma que la única forma de entender la democracia en toda su amplitud sería reconociendo la naturaleza inevitable e intrínseca del antagonismo. Al contrario de lo que han sugerido autores liberales como Rawls y Habermas, donde la democracia deliberativa busca imponerse como el único modo de democracia moderna posible,


3.      RECONOCIMIENTO E INVISIBILIZACIÓN

Habermas, con su Teoría de la Acción comunicativa,  intentó desarrollar una teoría social que lograra no solo una crítica negativa de la sociedad, sino una fórmula para apaciguar la problemática por medio de la conversación. Pero para Honneth, Habermas buscaría fundar la pretensión normativa de una teoría crítica de la sociedad en lo que parece ser una ética procedimental del discurso. Ignorando de forma implícita aquellos potenciales de acción moral que han permanecido excluidos o “mudos”. Honneth en su libro “La Sociedad del Desprecio” (2011) busca analizar la sociedad capitalista contemporánea en la medida que reivindica el sujeto político excluido.


“Mi suposición es que la teoría social de Habermas está constituida de manera tal que tiene que ignorar sistemáticamente todas las formas de crítica social existentes que no sean reconocidas por el espacio público político-hegemónico”. (Honneth, 2011, 57)


Honneth también afirma cómo esos sistemas normativos pueden incluso ser desarrollados en “las capas culturalmente cualificadas” (2011, p. 59) y tener representaciones lógicas, coherente, razonables. Pero la pretensión de ser un observador neutral es meramente ficticia. La moral social de las capas consideradas inferiores presenta también reivindicaciones necesarias. Para esto el autor presenta su Teoría del Reconocimiento, teoría que me parece importante traer a colación para seguir este análisis de una posible democracia que realmente incluya a todos.


El autor analiza por medio de una perspectiva Hegeliana el término reconocimiento visto como una relación ética entre dos sujetos y cómo la noción de identidad está relacionada necesariamente con el reconocimiento por parte del otro. Es decir: el individuo solo se ve a sí mismo como sujeto social si es reconocido por los demás. Honneth se preocupa por una explicación normativa de las relaciones de poder, respeto y reconocimiento. Su objetivo es demostrar como individuos se insertan en la sociedad actual a través de la lucha por el reconocimiento, no por la autoconservación (como diría Hobbes). Esta lucha inicia por la experiencia de desprecio ocasionada por la falta de reconocimiento. Es necesario lograr la autorrealización del individuo, por medio de experiencias que permitan este reconocimiento intersubjetivo. Honneth afirma que debemos asumir la adquisición de reconocimiento social como “condición normativa de toda acción comunicativa: los sujetos se encuentran en el horizonte de expectativas mutuas, como personas morales y para encontrar reconocimiento por sus méritos sociales.” (Honneth, 2011, p. 137)


Como hemos mencionado, es a través de la experiencia del reconocimiento que el individuo adquiere valor social en relación a su propia identidad. Y este reconocimiento parte de la aceptación del otro como un sujeto en sí mismo, un fin en sí mismo, un sujeto con derechos y particularidades. Es esta lucha por reconocimiento que permite el surgimiento de los derechos necesarios dentro de la comunidad que permitan a todos los sujetos ser iguales en derechos y debidamente reconocidos en su particularidad. Como sujetos sociales dentro de una comunidad y como una parte de un todo. Lo que el autor plantea es el uso de esta lucha como forma de reivindicación social en las actuales sociedades democráticas, sobre todo en el caso de poblaciones o grupos usualmente marginados por la sociedad. Buscando su inserción en la sociedad, intentando así impedir la existencia de una sociedad fragmentada. Donde la invisibilidad hacia ciertos grupos actúa como una forma de desprecio social. En la medida en que ciertos sujetos son excluidos de reconocimiento, estos son denigrados y se les niega la posibilidad de expresarse y ser en sociedad. Al invisibilizar a alguien se le niega su propia condición de humano, de considerarlo un fin en sí mismo. Este sujeto se sentirá entonces desconectado de su entorno, será una parte que no se relaciona con el todo, un sujeto social sin sociedad. Y la sociedad que lo alberga se convertirá en una sociedad patológica, fragmentada. 

Como hemos visto, las tendencias socio-históricas propias de las sociedades capitalistas han mostrado una suerte de experiencias negativas de desprecio e invisibilización, arriesgando cualquier posibilidad de una democracia auténtica. La falta de reconocimiento propiciado en estas sociedades nos demuestra que la racionalidad instrumental, más la lógica del mercado, desarrollan la noción de patologías sociales a partir de la separación del ser humano con su propia autorrealización.  Incluso encontramos prácticas sociales, como la extrema división de trabajo, y en general todo un sistema de creencias que obligan a los sujetos a percibir como normal que sus relaciones intersubjetivas se den exclusivamente desde el punto de vista funcional, como relaciones instrumentales. Donde el otro ya no es otro sino una mera cosa, un medio para un fin individualista. Esa es la lógica del capitalismo que obliga a los demás sujetos a desarrollar esta razón distorsionada. Esta es la razón presente en la democracia actual, una imposición hegemónica disfrazada de democracia liberal. 
"Dado que la experiencia del reconocimiento presenta una condición de la cual depende el desarrollo de la identidad del ser humano en conjunto, su ausencia, esto es, el desprecio, va acompañada necesariamente del sentimiento de una amenaza de la pérdida de personalidad” (2011, p. 137)


La amenaza a la pérdida de la propia identidad, que debería ser alcanzada a través del reconocimiento social, muestra una sociedad con una comunidad de seres aislados y desconectados de su entorno. Esta desconexión con el entorno genera una sociedad fragmentada causada por la falta de identidad colectiva. Esta fragmentación es esencial para entender la falta de una identidad colectiva que permita un desarrollo de una democracia que incluya a los sectores soslayados por los grupos dominantes.


4.      DEMOCRACIA RADICAL

En el libro de Ernesto Laclau y Chantall Mouffe titulado “Hegemonía y estrategia socialista” se hace una crítica a la izquierda tradicional para redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia, como una articulación de las varias luchas contra diversos tipos de opresión, sea de clase, raza, sexo, orientación sexual, entre otras. Para esto, los autores afirman que es necesario dejar de lado “un cierto número de tesis epistemológicas del Iluminismo, ya que es sólo a través de una crítica del racionalismo y del esencialismo cómo es posible dar cuenta, de manera adecuada, de la multiplicidad y diversidad de las luchas políticas contemporáneas (Laclau y Mouffe, p. 6). De hecho, Mouffe nos relata cómo podemos tener opciones para elegir entre ellas, opciones para votar por ejemplo, pero las opciones que tenemos no necesariamente las hemos elegido nosotros, por lo que en realidad estaríamos bajo una clara imposición disfrazada de elección. Una imposición basada en un supuesto racional que pretende ser universal.


Las luchas sociales y la exclusión de varios de la representación política, lo hemos visto con anterioridad, pero esta es una perspectiva más concreta que también toma en cuenta la pluralidad existente en las luchas sociales contemporáneas. Pluralidad que ha generado una crisis teórica sobre el liberalismo, ya que se ha visto que no considera la totalidad de los sujetos dentro de una comunidad, sino que favorece a unos pocos constantemente, es más, estos pocos han generado una opresión que impide a la mayoría siquiera percibir que se está inmerso en un supuesto y no una realidad de cómo debe funcionar la política. Es decir, se considera la forma actual como la única forma posible, o en todo caso, la más razonable. Estos autores también critican esta pretensión de universalidad, o incluso la perspectiva teleológica de la historia. Realizando una crítica actual al racionalismo del marxismo clásico, donde existen leyes históricas necesarias.

“El carácter plural y multifacético que presentan las luchas sociales contemporáneas ha terminado por disolver el fundamento último en el que se basaba este imaginario político, poblado de sujetos «universales» y constituido en torno a una Historia concebida en singular” (Laclau y Mouffe, p. 9)


Al concluir la era de los discursos universales, de las epistemologías normativas, los autores no intentan inscribir su discurso dentro de un proceso lineal de conocimiento, no tiene pretensión universal ni tampoco pretende un consenso razonable. Más bien se busca romper con la aspiración monista, propia del marxismo, a través de su sentido de teleológico de la historia y sus categorías esencialistas. Teniendo esto claro, analizan el fenómeno de la fragmentación de los grupos sociales causada por el capitalismo. De ahí surge la noción de Hegemonía, del fenómeno de la fragmentación que genera junto a las indeterminaciones de las articulaciones entre las distintas luchas, los autores también aseguran que “cuanto más predominan los intereses materiales inmediatos, más se afirman estas tendencias a la fragmentación” (Laclau y Mouffe, p. 38).


Como hemos visto, tanto la democracia liberal como el sistema capitalista, generan necesariamente un contexto fragmentado. La causa gira en torno a la falta de reconocimiento del otro, falta de representación y falta de una identidad colectiva que permita la integración de los sujetos políticos y sus respectivas luchas sociales. Por lo que los autores llaman a luchar en el presente contra estas tendencias a la fragmentación, sin embargo, afirman que esa lucha “suponía formas de articulación que, al presente, no brotaban espontáneamente de las leyes del capitalismo, era necesario introducir una lógica social distinta de la determinación mecánica, un cierto espacio que restaurara la autonomía de la iniciativa” (Laclau y Mouffe, p. 49)


Los autores afirman que una alternativa de izquierda precisa de una división social basada de otra forma. Se deben expandir las cadenas de equivalencias entre las diversas luchas contra la opresión. Por lo que definitivamente “la alternativa de la izquierda debe consistir en ubicarse plenamente en el campo de la revolución democrática” (Laclau y Mouffe, p. 291). Sin embargo, tampoco debe ser tarea de la izquierda excluir la ideología liberal, sino más bien debemos profundizarla para llegar a una democracia radical que admita un pluralismo. Lo cual requiere de una automatización de las esferas de lucha, junto a la reproducción de espacios políticos, siendo esto posible solamente abandonando el ideal jacobino y cualquier concentración de poder. Por lo que en realidad cualquier proyecto de democracia radical precisa de una dimensión socialista, “ya que es necesario poner fin a las relaciones capitalistas de producción que están en la base de numerosas relaciones de subordinación” (p. 294). Sin embargo, sería el socialismo uno de los aspectos claves de un proyecto de democracia radical, no a la inversa.


Mouffe también en su libro “El retorno a lo político” propone lo mismo, abordar el proyecto de izquierda dentro del marco de una democracia radical y plural que no busque erradicar el poder, sino “multiplicar los espacios en los que las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática” (p. 24). Afirma también que una de las características fundamentales de la modernidad es el vacío encontrado dentro de la esfera de poder, pues la falta de representación deja una sociedad sin fundamento. Por lo que es imposible el desafío racionalista que busque un universalismo abstracto. Pues es evidente que toda forma de afirmación de universalidad presenta cierto desconocimiento de la dimensión particular, rechazando la diferencia. Es por eso que a través del proyecto de una democracia radical, se busca dejar de lado esa pretensión universalista que conlleva a un sometimiento implícito.


“El anhelo racionalista de una comunicación racional no distorsionada y de una unidad social basada en el consenso racional es profundamente antipolítica, porque ignora e! lugar decisivo de las pasiones y los afectos en política, No se puede reducir la politica a la racionalidad, precisamente porque la política indica los límites de la racionalidad.” (Mouffe, 1999, p. 160)


5.      CONCLUSIÓN


Como hemos visto, es importante analizar los principios políticos que rigen la sociedad, puesto que hoy en día se ha visto la extensión de la llamada democracia liberal que afirma sostenerse sobre una base moral, racional y universalizable. Todas estas características muestran una clara imposición de una racionalidad sobre las demás. Al igual que la democracia actual, muchos son vistos excluidos de la esfera política, siendo relegados a ceder su voluntad política a un mero voto cada cierto tiempo. El actual sistema social imposibilita el reconocimiento de todos los individuos dentro de la sociedad, un reconocimiento necesario para la formación de una democracia radical. Donde se reconoce al otro como un sujeto en sí mismo, como un fin y no como un medio. Interacción necesaria para la formación de una identidad social. La falta de reconocimiento conlleva a graves problemas de representación y a una sociedad fragmentada que carece de una identidad colectiva. 


Asimismo, el papel de las pasiones es central dentro del ámbito político, como diría Mouffe, al no poder establecer un consenso racional sin exclusión, la democracia precisa asumir el pluralismo y aceptar el conflicto. El objetivo de la política no es eliminar las pasiones, sino movilizarlas dentro de una dimensión agonista que favorezca el pluralismo. Es imposible que, tras un velo de ignorancia, un Yo-desvinculado desprovisto de cualquier lazo con la otredad, pueda tomar decisiones positivas para un colectivo de individuos diferentes entre sí.  Por eso las pasiones son fundamentales para entender lo político, es preciso dominarlas y aceptar el conflicto para transformar la sociedad. El camino a una revolución democrática comienza por aceptar que lo que estamos viviendo actualmente no representa los intereses de todos los integrantes de la comunidad, tampoco acepta el pluralismo existente, ni mucho menos las diversas formas posibles de racionalidad. Es necesario sembrar vínculos y buscar un pluralismo que acepte y represente a todos y a todas es posible en el marco de otra clase de democracia, para lograr esta es necesario movilizar las pasiones y adentrarse en lo político como fragmentos de un rompecabezas que aún pueden unirse, porque aunque las piezas no encajen perfectamente, sin duda formarían algo nuevo.


BIBLIOGRAFÍA

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