Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero. Proverbio Indoamericano
Estamos frente a la mayor crisis ecológica de la historia. La situación es de extrema gravedad, sin embargo, pareciera que la preocupación por la devastación ambiental es relativamente reciente y vista muchas veces como una preocupación meramente superficial, sobre todo, si no se toma en cuenta las causas sociales, económicas, productivas y hasta psicológicas que configuraron el surgimiento de la crisis actual. Reconocer la raíz del problema, aquello que amenaza con destruirnos como especie, es el primer paso para la creación de alternativas sostenibles que nos permitan evadir (o al menos retrasar), lo que, todo indica, podría significar el fin de la especie humana como la conocemos. Esta amenaza al ecosistema está presente en todas partes, tanto en los suelos, como en los mares y en el aire, como también está presente en la economía, en la política y la psique humana. Es una amenaza que invade todas las áreas de la vida y la tierra: El capitalismo. El siguiente paso es percibir la necesidad de un cambio que radique no solo en las formas de producción y los niveles de consumo, sino también un giro de pensamiento que contemple al ser humano como parte de la naturaleza, en vez de asumirse como dueño de la misma. Empezaremos con un diagnóstico de la situación actual para percibir la gravedad de la crisis ambiental a través de Naess y Arias que nos dará un aporte más contemporáneo. Luego nos enfocaremos en la crítica al capitalismo y el análisis del modelo de racionalidad presente y cómo éste fue causante de la grave situación ambiental. Iremos desde la formación de una sociedad con un criterio de progreso insostenible a largo plazo por sus medidas claramente destructivas, en este punto presentaremos, a través de Foster Bellamy, la tesis marxiana de la fractura metabólica que este sistema representó en la relación del ser humano y la naturaleza por medio del modelo económico y sistema productivo. Hasta el análisis de la formación del sujeto capitalista, con su consumismo desmedido y narcisismo constante, propio de una cultura individualista y peligrosamente antropocéntrica, para lo cual traeremos a colación a Jappe. Por último, elaboraremos una breve conclusión que incluya las posibles medidas a tomar para generar un modelo de desarrollo que sea compatible con una ética ecológica.
LA CRISIS AMBIENTAL
El problema
Empecemos haciendo un diagnóstico de la grave situación actual a través
de un antecedente relativamente reciente, Arne
Naess un filósofo que aportó mucho a la conciencia ambiental y a la formación
de una filosofía de carácter ecológica, una ecología profunda que buscó una
forma de comprender la peligrosa situación a la que nos dirigíamos. Naess, en su libro “Ecología, diversidad y estilo de vida”
(1974), afirmó la existencia de una
cultura global de carácter primariamente tecno-industrial que estaba invadiendo
el mundo degradando las condiciones de vida de las futuras generaciones generando una “devastación ambiental
creciente de manera exponencial, parcial o totalmente irreversible, perpetuada
a través de modos de producción y consumo
firmemente establecidos y una falta de políticas adecuadas respecto del
incremento de la población humana” (p. 63).
El
autor intentará llegar a entender y profundizar sobre esta cultura y lo que
supone para el medio ambiente, además, intentará plantear formas en las que la
reflexión y el actuar humano con respecto a la naturaleza surja de un principio
de respeto y pertenencia, o, mejor dicho, de armonía; dejando de lado el
extremo antropocentrismo y la idea de posesión sobre la naturaleza. Asimismo,
afirma la necesidad de presuponer una teoría ética mínima con respecto a las
acciones que el ser humano realiza en su entorno. Es decir, es necesario
contemplar una ética donde un cambio como el deterioro o la devastación fuera
considerado necesariamente de carácter negativo, por ejemplo, un cambio en las
condiciones del río o del océano que no contemple la reacción de las diferentes
formas de vida que allí habitan, esto también debería tener un claro valor
negativo, al igual que cualquier atentado contra la diversidad y el delicado
equilibrio natural.
En
este sentido, es necesaria la existencia de una clara valoración en cuánto al
cambio climático, una suerte de fundamento básico para una ética ambientalista
que sea compartido por toda la humanidad, un fundamento basado en hechos
indeseables que debemos urgentemente valorar como negativos, como, por ejemplo,
la devastación de la diversidad, la deforestación indiscriminada de la
Amazonía, los derrames crónicos de petróleo en el mar, la erosión de los suelos…
En fin, hechos que deberían valorarse de manera negativa si lo que queremos es
preservar el ecosistema, que, hay que enfatizar, es nuestro hogar. Porque ese
es precisamente el principal riesgo de la situación actual sometida a un mundo
mayoritariamente capitalista, la relevancia de la naturaleza es cuestionada, no
nos sentimos parte del entorno, sino sus propietarios. La naturaleza no es
vista como un fin en sí mismo como veremos más adelante, por lo que
difícilmente podemos afirmar que el ser humano tiene como objetivo preservar el
ecosistema, por una sencilla razón: el modelo económico-social imperante no lo
permite.
Diagnóstico de la situación actual
Para comprender con
un poco más de detalle la gravedad de la situación, Asier Arias en su libro
"La economía política del desastre" (2018) afirmaba que, si la
conducta humana seguía igual y las emisiones de carbono se mantenían en niveles
semejantes, en el año 2020 podríamos estar en un punto de no retorno. Podrían
ser unos años después declara siendo optimista. Me atrevo a decir que no se
esperaba una pandemia de la magnitud de la que ahora estamos viviendo, que debo
admitir debió otorgar, aunque sea un respiro al ecosistema por aquellos meses
en que el mundo se "paralizó” con la paralización de la economía y el
confinamiento. Además, claro, la lamentable reducción de la densidad
poblacional debido a la enfermedad también podrá tener a la larga resultados
positivos al ecosistema. De todas formas, Arias ya advertía todas las
consecuencias que los tratos al medio ambiente podrían acarrear, incluyendo en
sus predicciones las epidemias, puesto que estas también son consecuencia del
impacto que el ser humano está haciendo en su entorno afectando la
biodiversidad y el habitad de muchas especies, facilitando la trasmisión de
enfermedades provenientes de los animales.
"Las sequías, las olas de frío y de calor, el aumento del nivel del mar, la acidificación oceánica, la magnitud de los huracanes e inundaciones y, por supuesto, las consecuencias humanas de todos estos procesos —escasez de alimentos y agua potable, desplazamientos masivos de población, epidemias, etc.—" (2018, p. 44)
Asier sostiene que existen dos procesos que,
interrelacionados, producen esa peligrosa modificación en la biosfera: “el
cambio climático y la drástica reducción de la biodiversidad que de forma
creciente experimentan los ecosistemas a lo largo y ancho del globo.” (p. 7)
Esta relación es evidente ya que el cambio climático afecta directamente la
diversidad biológica. De hecho, el autor afirma que, como consecuencia del
cambio climático, la biodiversidad de algunos ecosistemas podría reducirse en
un 80% antes del fin del siglo. Es en ese sentido que la comunidad científica,
biólogos, geólogos, entre otros especialistas, se refiere a la drástica
reducción de la biodiversidad como “la sexta extinción masiva de la vida en el
planeta Tierra” (p. 11).
De
hecho Arias hace referencia a una publicación en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of
America del 2017 donde se evalúa a nivel global el curso de la sexta
extinción masiva (la que se está dando actualmente). Donde se analiza no solo las especies ya
desaparecidas, sino en la pérdida de biodiversidad presente en la biosfera en
las últimas décadas con respecto a las especies que aún no se han extinto, pero
sí han sufrido diversas afectaciones. En este análisis se encontró que
"las extinciones antropogénicas de poblaciones suponen una erosión masiva
de la mayor diversidad biológica de la historia de la Tierra” (p. 13) Y al
explicar las causas es evidente que el actual ritmo creciente de consumo,
sobreexplotación, invasión, contaminación. En sí el consumo excesivo
(principalmente por parte de los más ricos) sumado a la superpoblación humana
son motores claves para comprender que no estamos considerando la finitud de
los recursos naturales.
En
síntesis, la situación es, en efecto, extremadamente grave. Por lo que es
necesario ahondar en la raíz de esta crisis, para ello, consideramos que
analizar el sistema económico-social que impera en el mundo contemporáneo es la
mejor forma de entender las causas de haber podido llegar tan lejos en nuestro
desprecio al medio ambiente, para, quizás así, comenzar a encontrar las
posibles vías de solución de un problema que, lamentablemente, parece no tener
ninguna, porque, como enfatiza Arias en su libro, “la sexta extinción
en masa ya está aquí y la ventana para una acción efectiva es muy corta,
probablemente de dos o tres décadas como mucho" (p. 13).
2.
EL CAPITALISMO COMO
CAUSA
Para introducirnos en
el capitalismo como raíz del problema actual, primero veamos cómo se distribuye
la riqueza y el consumo, Arias nos comenta que, debido a su consumo excesivo,
menos del 20% de la población es responsable de la gran mayoría del impacto humano
sobre el medio ambiente. Asimismo, afirma que, en cuanto a la distribución de
riqueza: “si en 1960 la diferencia de ingresos
entre el 20% más rico de la población mundial y el 20% más pobre era de 30 a 1
y en 1990 de 60 a 1, hoy, esa proporción es, aproximadamente, de 80 a 1.” (2018,
p. 79) De hecho afirma que el aumento del PBI en los países occidentales en las
últimas décadas se ha visto acompañada de un evidente aumento en los niveles de
desigualdad, junto con mayores niveles de desempleo y un aumento de número de
personas pertenecientes a los sectores más pobres de la sociedad. En este
sentido, diría Chomsky (a través de Arias) que el aumento de la desigualdad
presente en el modelo neoliberal no es motivo de sorpresa, sino que lo que
debemos preguntarnos es “¿cómo
ha logrado imponerse un sistema económico tan disfuncional?”. ¿De dónde y cómo
surge este modelo que no solo no ha ayudado a los seres humanos a alcanzar una
vida digna, sino que pone en riesgo la propia supervivencia de la especie
humana?
La
fractura metabólica
Para
comprender la grave situación actual en la que nos encontramos, nos vamos a
remitir, (a través de Bellamy Foster) al planteamiento Marxista con respecto a
la relación metabólica presente entre el ser humano y la naturaleza, pues este
afirma que actualmente en ella se presentaría una clara fractura. A pesar de
que, como diría Marx, el ser humano está innegablemente unido, física y
psíquicamente, a la naturaleza. Depende de ella, es parte de ella. Este enfoque
dialéctico-materialista nos permite ahondar en la raíz de la dinámica existente
entre la humanidad y su entorno en el contexto de una sociedad capitalista.
Para ello es preciso utilizar conceptos de las ciencias naturales, pero también
sociales y humanas, pues solo una visión integral de la situación nos permitirá
encontrar las verdaderas causas de nuestro trato para con la naturaleza. Foster
(2000) se suma a la crítica de los sociólogos ambientalistas con relación al
pensamiento social clásico, pues considera que “niega
la prioridad ontológica del mundo natural” además, de percibir a la naturaleza
como propiedad del ser humano, como parte de su desarrollo. Y es así cómo
podemos percibir un claro “reflejo de un antropocentrismo profundamente
arraigado, de un acercamiento instrumentalista a la naturaleza, y de la no
consideración de los limites naturales” (p. 40). Lo que consideramos también
gran parte del problema en cuestión, el antropocentrismo, la razón instrumental
y la ignorancia (o insensatez) con respecto a los límites de la naturaleza y
sus recursos.
Con el fin de comprender la relación entre la
evolución humana, las relaciones sociales y la naturaleza. Ya que estas pueden
modificarse mutuamente. Para comprender esta relación, es necesario entender el
papel de la actividad productiva, porque es a partir de allí que se genera una
relación con la naturaleza, ya que esta provee los elementos y las herramientas
necesarias para la realización de la actividad. En un proceso metabólico
“sano”, los humanos transforman los elementos recibidos de la naturaleza para
su uso, ese es parte del cambio de materiales y energías que se da entre el ser
humano y la naturaleza. En este sentido, existe una relación metabólica
natural, que debería traducirse en un intercambio entre el ser humano, la
sociedad y la naturaleza, formando un metabolismo social.
En efecto, en la naturaleza se encuentra el material
suficiente para su subsistencia, pero a través del sistema capitalista se realiza
un giro en cuanto a la visión de la subsistencia, ahora lo necesario, lo
primordial es el capital. El capital producto del trabajo enajenante que se
pasa a convertir en mediador entre el ser humano y la naturaleza. En este sentido, el capitalismo busca controlar y
alterar el metabolismo social al convertir, por ejemplo, aquél que trabaja la
tierra en un mero asalariado más, sin posibilidad de intervención sobre la
actividad productiva, lo que implica una alienación que impide la propia
realización a través de un poder que lo controla todo y que impulsa a un deseo
incontrolable de acumulación constante. Se produce una enajenación, una
separación entre el trabajador con respecto al suelo que trabaja, en otras
palabras, se produce una ruptura en la relación directa entre la tierra y la
población. “El desarraigo
del trabajador respecto al suelo como su taller natural. Para Marx, la
existencia misma del capital presupone un proceso histórico que disuelve las
distintas formas en las que el trabajador es propietario; en las que el
propietario trabaja.” (Foster, 2000, p. 262)
Con respecto a esta
fractura, diría Foster, al recuperar el pensamiento de Marx, habría sido “consecuencia de las relaciones de producción
capitalistas y la separación antagonista entre ciudad y campo.” (p. 220), es
decir, el mismo concepto de fractura se vería evidenciado en la relación entre
la ciudad y el campo. Ya que, al reducirse la población agraria y el incremento de la población urbana
industrial, se produce una excesiva centralización en las ciudades, provocando una
clara ruptura en el metabolismo social, además de una disminución en la
fertilidad de los suelos y en general una ruptura en la misma relación del ser
humano con la tierra. Es por ello que Marx
afirmaría la necesidad de regular el metabolismo humano de una manera racional
en su relación con la naturaleza, hazaña que este consideraría imposible para
la sociedad burguesa.
Marx afirma que el capitalismo como sistema productivo
deshumanizante genera esta perturbación en la relación y el equilibrio de la
humanidad y su entorno. “La separación
existente entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta
existencia activa, una separación que se postula por completo únicamente en la
relación del trabajo asalariado con el capital.” (Marx, 1971) Esto ha generado
una clara contradicción donde el ser humano, al verse separado de su entorno,
ve en su propio habitad, solo un objeto más que poseer, un recurso más que
explotar. En efecto, vemos que la naturaleza es parte de la praxis humana, pero
es, a la vez, la totalidad de lo materialmente existente. De hecho, la
naturaleza es fuente de todos los medios de trabajo e incluso del objeto a
trabajar (el suelo, por ejemplo). Pero el ser humano insiste en transformar la
naturaleza, alterarla a su antojo, provocando
esta ruptura en la relación entre los seres humanos y la naturaleza a través de
una falla en el intercambio metabólico que asimismo tiene como causa la lógica
productiva, extractiva y consumista de la sociedad capitalista, donde se
utilizan los materiales naturales hasta agotarlos, sin devolver más que
destrucción y contaminación, sin permitir su debida regeneración y la necesaria
preservación de los recursos naturales y de la naturaleza en su conjunto.
Todo esto podría ser
un resumen de las causas de la fractura mencionada; sin embargo, la historia ha
seguido su curso y ahora tenemos que mencionar las consecuencias de negar la
prioridad ontológica que debería tener el medio ambiente, que debería, como
diría Naess, ser valorado como un fin en sí mismo. La razón instrumental que
nos lleva a ver en nuestro entorno un instrumento a utilizar más el excesivo
antropocentrismo que no nos permite ver la gravedad de nuestro accionar serían
las consecuencias de un sistema que prioriza esos “valores”, pero no solo eso,
sino que el auge del consumismo, la acumulación de capital y la
industrialización ha perjudicado el ecosistema a tal punto que podemos hablar
de una clara catástrofe ecológica.
Como hemos visto, la práctica irracional del ser humano en la producción capitalista en cuanto a la naturaleza y el uso de sus recursos, puede ser vista en la explotación social y económica, además de la explotación natural y la organización social del territorio, como hemos mencionado. Por otro lado, también entre sus causas se encuentran la división que se produce entre el campo y la ciudad, donde la excesiva centralización impide el intercambio metabólico, adecuado en el sentido de que exista una debida retro-alimentación que contemple la regeneración y conservación de los recursos naturales. Asimismo, el capitalismo no solamente enajena al trabajador de su producto, de su actividad económica e incluso de la fuerza de su trabajo, sino que también produce una clara alienación entre el ser humano y su entorno. Es por ello que Marx piensa en reestablecer un control del metabolismo social que él percibe como quebrado. De esta forma, Marx apunta a una racionalidad ambiental a partir de una reflexión materialista, donde se busca llegar a un modo racional de dominar el metabolismo, en condiciones dignas, con menor gasto de energía y el total control por parte de los productores, todo con el fin de buscar responder a los verdaderos intereses humanos y ya no del capital.
El sujeto capitalista
Hemos mencionado el capitalismo como sistema económico-social y su relación con la naturaleza en cuánto instrumento de explotación, también hemos visto las consecuencias del excesivo consumo y el pensamiento que rige la actividad productiva y cómo esta ha generado una ruptura entre las relaciones del ser humano con su entorno, fractura que hoy presenta gravísimas consecuencias. Ahora haremos una aproximación de carácter más psicológico y antropológico para terminar con este análisis del sistema como un modelo que rige todas las áreas de la vida humana, y, además, amenaza directamente la supervivencia de la humanidad como especie que habita sobre la tierra.
Anselm Jappe en “La sociedad autófaga” (2019) hace referencia al modelo de pensamiento y la forma de vida que este sistema ha generado. Trae a colación el mito griego de Erisectón, donde un rey se devora a sí mismo por la incapacidad de saciar su hambre, considera esta una representación simbólica de lo que sucede con el ser humano y el capitalismo, estamos prestes a “devorarnos” a nosotros mismos por no poder controlar nuestra codicia y los deseos por satisfacer las necesidades creadas por el mismo sistema que nos tiene esclavizados a través de lo que denomina “fetichismo de la mercancía”, concepto introducido por Marx en El Capital (1867) como una forma de relación entre las personas y los objetos, una relación social que se expresa en el modo de producción capitalista, pero que domina todos los aspectos de la sociedad.
El
fetichismo de la mercancía no es una falsa conciencia o una simple
mistificación, sino una forma de existencia social total que se halla por
encima de toda separación entre reproducción material y psyché porque
determina las formas mismas del pensar y el actuar.” (Jappe, 2019, p. 28)
De hecho, el autor
afirma que es imposible de superar la crisis ecológica dentro del marco de un
sistema capitalista, incluso si realizamos algunos controles o disminuimos el
consumo, ya que la raíz misma del sistema consiste en una alteración mental que
impide vernos como parte del entorno. Jappe incluso realiza una crítica al
"capitalismo verde" y el desarrollo sostenible en cuanto considera
este una suerte de ecología superficial, que no contempla la raíz del problema
como tal. Pues aquello que adquiere más valor no sería lo primordial, lo
necesario, sino aquello que genere mayor valor mercantil, mayor plusvalía. Es
decir, el valor mercantil prevalece sobre el valor de uso. El autor también
introduce el valor como fundamento de la sociedad mercantil, sociedad sometida
a la tiranía del “sujeto automático” (concepto usado para describir el valor)
permanentemente inscrito en la lógica fetichista. Afirma que, en esta sociedad,
dominada por el fetichismo de la mercancía, "no puede haber un verdadero
sujeto humano: es el valor, en sus metamorfosis (mercancía y dinero), el que
constituye el verdadero sujeto. Los «sujetos» humanos van a remolque suyo, son
sus ejecutores y sus «funcionarios», los «súbditos» del sujeto automático"
(p. 31).
En este sentido,
tanto Marx como Jappe realizan una crítica bastante interesante sobre el concepto
valor que lamentablemente no podremos profundizar en este ensayo. Pero de todas
formas queremos aproximarnos a la lógica capitalista pues la consideramos
retorcida y destructiva: la economía capitalista como tal no busca satisfacer
necesidades existentes, sino crear nuevas para así poder desarrollar nuevas
mercancías para continuar con la cadena de consumo. Hay una tendencia, un
impulso hacia lo ilimitado. Algo claramente problemático cuando lidiamos con
recursos limitados.
No
se trata solo de una «actitud» o de una «ideología»: es la competencia en el
mercado la que obliga a cada actor a participar en este juego desquiciado o
desaparecer. No es difícil de comprender que aquí se hallan las raíces
profundas del desastre ecológico al que conduce el capitalismo. (Jappe, 2019, p.
22)
Desde el punto de vista psicológico
se ha visto entonces la creación de un sujeto narcisista anclado a sus impulsos
fetichistas relacionados con el consumo y el mercado. Es decir, el capitalismo
promueve el narcisismo. De hecho, así es como Jappe se refiere a este resultado
psicológico del capitalismo: "El narcisismo, por
el contrario, es la forma psíquica que corresponde al sujeto automático. (…)
Con su poder impersonal de igualación, el dinero siempre ha sido un vector
del espíritu narcisista." (p. 168) El narcisismo podría ser visto
como un rasgo de personalidad o incluso un trastorno psiquiátrico, ya que el
sujeto narcisista presentaría un excesivo egocentrismo (que a nivel global se
podría ver también como un antropocentrismo), una clara dificultad en reconocer
sus errores, falta de empatía para con los demás (o el entorno), además de una
necesidad de constante afirmación externa a través de la satisfacción de sus
deseos, sin capacidad de reconocer los límites reales. Un sujeto que solo ve su
reflejo y que por ello no conoce más que a sí mismo, por lo que no logra
“establecer verdaderas relaciones ni con los objetos naturales, ni con los
otros seres humanos”, un sujeto que al no relacionarse con su entorno “niega la
objetividad del mundo exterior y el mundo exterior se le niega y rehúsa
prestarle la asistencia material más elemental, como la comida” (p. 14) Todo
esto se ve más claramente en la constante necesidad de éxito y el extraño, pero
difundido, ideal de promoción de uno mismo como si el ser humano se tratara de
una mercancía más. Lamentablemente está claro que “el
narcisismo se ha convertido en la forma psíquica dominante. Es un fenómeno
mundial" (Jappe, 2019, p. 311).
3. CONCLUSIONES
La absurda lógica capitalista
Como hemos visto, la lógica
capitalista carece de sentido de preservación y es incompatible con una ética
ambientalista. De hecho, además de difundir la explotación como accionar
principal de la humanidad, también ha generado una “humanidad
superflua”, e incluso de una “humanidad-desecho” que Jappe considera el
principal problema del capitalismo, ya que “El capital ya no necesita a la humanidad
y acaba por autodevorarse" (p. 310). Es decir, es una lógica que implica
la auto depredación, una lógica que implica la destrucción misma del sujeto en
cuanto sujeto. Promueve el individualismo y fomenta el narcisismo a partir del
consumo desmedido y el fetichismo de la mercancía. Asimismo, el modo de
producción capitalista ha ocasionado una fractura metabólica del ser humano con
la naturaleza, una relación necesaria para el desarrollo de la especie humana. “El
triunfo del capitalismo es también su quiebra. El valor no crea una sociedad
viable, aunque fuera injusta, sino que destruye sus propias bases en todos los
ámbitos.” (Jappe, p. 310)
Por otra parte, como
afirmaría Marx, la industria y la agricultura explotada de forma industrial
actúa en detraimiento de la fuerza de trabajo y degrada el potencial natural de
la tierra. Es una lógica que arremete contra la tierra como ecosistema, pero
también como generador de alimento y recursos que necesitamos para sobrevivir.
En fin, es un modelo de desarrollo que garantiza un bienestar superficial a
corto plazo (bienestar producto de un espejismo) y solo visible para una
pequeña parte de la humanidad, a cambio de medidas claramente destructivas a
mediano-largo plazo para todo el planeta y los seres que aquí habitan. Es, en
efecto, una lógica absurda.
Necesidad de un giro
de pensamiento
Por
lo tanto, podemos ver la urgencia de lograr un giro de pensamiento que
contemple el papel del ser humano como parte de su entorno, no propietario.
Naess propone un pensamiento holístico donde todo esté conectado, donde
comprendamos que existe un valor inherente en la naturaleza independientemente
de su utilidad. Frente a la visión antropocéntrica de la ecología superficial
que busca responder a los intereses humanos, plantea una ecología profunda que
considere el valor de la naturaleza y del ecosistema en general. Es necesario rechazar
la visión antropocéntrica del ser humano separado de su entorno, visión
producto de un extremo individualismo. Al igual que debemos transformar la
errónea noción de la naturaleza como un mero medio para un fin y no un fin en
sí mismo, porque, al parecer, se ha intentado separar al ser humano de la
naturaleza para establecer una suerte de relación amo-esclavo que contribuye a
la alienación del ser humano con respecto a sí mismo, negándose a sí mismo el
reconocimiento de ser parte de un todo. Si no nos sentimos parte de nuestro
entorno se produce una disociación, una fragmentación del todo, una acentuación
del yo y una consecuente dificultad de percibir la importancia de cualquier
hecho o circunstancia exterior a nosotros.
Hacia un sistema
económico que implique una ética ambiental
Para concluir, afirmamos la necesidad de un cambio
sistémico de carácter político, social y económico que incluya una ética
ambiental en su formación y aplicación. Además de una revisión de los esquemas
de valor y progreso, donde la calidad de vida importe más que el “nivel” de
vida; donde el progreso sea real en la medida de las necesidades reales humanas
y no las necesidades ficticias creadas por los intereses del mercado. Es
necesario “un cambio en la ideología de la producción y el consumo no es
posible sin un cambio considerable en la maquinaria económica" (Naess, p.
66). Porque, como hemos visto, el propio sistema de producción promueve la
alienación y la separación del ser humano con la naturaleza.
De hecho, podríamos esperar que la crisis ambiental inspire una nueva
forma social de coexistencia que priorice las relaciones metabólicas tan
relevantes para una vida digna. Es posible elegir un nuevo camino en base a
nuevos criterios de progreso que estén fundamentados en la acción racional y la
dignidad humana, no en las necesidades del mercado. Quizás esta esperanza sea,
por lo menos, demasiado optimista; Sin embargo, considero que la esperanza es
la raíz del cambio. Además, la humanidad ha cambiado de rumbo en tantas
ocasiones que contemplar un modelo de desarrollo que implique una ética
ecológica no suena tan descabellado tomando en cuenta los diferentes giros
epistémicos por los que hemos transcurrido en la historia. Si el uso de la
razón fuera suficiente ya habríamos percibido que es imposible pensar en un
consumo ilimitado en un mundo con recursos finitos.
Es en este sentido que afirmamos que la actividad productiva debe ser
regulada en la medida que muchas empresas (la mayoría) no considera el daño
permanente que ocasionan en el ecosistema con tal de aumentar su valor en el
mercado. Al igual que es necesario incentivar la agricultura local para que
esta no compita con los precios de las multinacionales cuya alimentación no
solo no es saludable para nosotros, sino que tampoco lo es para el medio
ambiente. Ni que decir de la necesidad de una revolución en la forma de
transporte, por ejemplo, el uso de ferrocarriles o trenes, y, por supuesto, el
uso de energías renovables, algo aparentemente sencillo (en cuanto a
razonamiento, digamos que es lógico) pero que ha recibido una fuerte
resistencia por parte de los tiranos del capital que han lucrado por años con
el petróleo.
En definitiva, es hora de percibir y aceptar nuestro lugar en el mundo
para vivir en armonía con nuestro entorno, ser parte reconocida de la
totalidad, para así recordar que “ser” es más importante que “tener”, algo que
el modelo capitalista ha intentado por tanto tiempo hacernos olvidar.
BIBLIOGRAFÍA
Bellamy, J. (2000), La ecología de
Marx. Materialismo y Naturaleza. España: Ediciones de Intervención Cultural
/ El Viejo Topo
Jappe, A. (2017), La sociedad
autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción. España: Editorial
Pepitas
Arias, A. (2018), La economía
política del desastre, efectos de la crisis ecológica global. Madrid:
Editorial Catarata
Naess, A. (2018), Ecología,
comunidad y estilo de vida. Esbozos de una ecosofía. Buenos Aires: Prometeo
Libros




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